No recordaba haber pasado una navidad en Tacna.
No desde la separación al menos.
Con ella la pasé en Arequipa.
Y luego otras, muy divertidas y memorables, fuera del país.
Y haciendo una pausa, fue ahí donde comenzó mi desapego hacia esta fiesta familiar que tanta importancia tiene en nuestra sociedad.
No porque haya perdido el sentido de «familia», sino más por este mutó, sin estar sujeto a ningún regla o convención.
7:49. Una casa cuya dirección he olvidado. Tacna.
Otra casa. Otro espacio al cual nunca podremos llamarle hogar pues, aunque quisiéramos, su único y principal inquilino no la consideraba como tal, entonces, resultaba poco congruente hacerlo los demás.
Un departamento que no conocí.
Miento, si lo hice, hace algo de 10 años.
El sujeto había vuelto a lo de antes.
Otra familia, otra hija, otra época, otro estado de ánimo.
Quienes somos, no determina donde estaremos de acá a 5, 10 o 15 años, sino, quiénes nos proponemos ser.
Fue una navidad tranquila.
Dos personas saliendo de un divorcio y 4 hijas en el medio.
Todo igual gira entorno a la pequeña.
Ella era, en un 90% a más, nuestra razón de estar ahí.
Ella sabia mucho y pocas cosas, mientras quiere y no quiere comprender.
Ella lo sabe, aún no lo dice, pero lo tiene ahí, guardado entre sus juguetes rotos, e incluso, entre algunos que piensa algún día arreglar.
