La complejidad

– ¿Qué buscas? – le preguntó mientras se ponía los pantalones – ¿Por qué me quieres en tu vida?

Ella no respondió.

– ¿Soy yo o es mi peculiaridad?

– ¿Estás diciendo que tú no eres tu peculiaridad? – preguntó a modo de molestarlo algo muy de ella, casi siempre – ¿Acaso no es lo mismo?

– No, para nada – continuó – te resulto atractivo por la complejidad de mi cabeza

– Que modesto

– Mis conocimientos, mi forma de ver la vida – continuó – y estás tan cerca de llegar a comprenderme, que te frustras,

Lo mira anonadada.

Había que admitirlo, no hubiera podido utilizar una mejor forma de decir las cosas.

– Encuentras una versión tuya extremadamente impaciente – continuó – y eso te molesta

Y sí, no podía esconderlo, su complejidad le encantaba.

– Me escribes, me sofocas – continuó – dame un tiempo

– ¿Para qué? – preguntó confundida

– Para analizar si me gusta algo de ti, que sea suficiente para mantenerte en mi vida

– ¿Acaso no soy precisamente lo que necesitas?

– No se – concluyó – eres muy rara.

Y así, entre una y muchas conversaciones similares, ella comprendió que no necesitaba amoldarse a nada y nadie para ser suficiente, y que además, ser suficiente quedaba como un propósito bastante mediocre para sus aspiraciones como persona.

Y se marchó.