Y en medio de todo el ajetreo del momento, y lo mucho e importante que se estaba diciendo.
Se me antojó un abrazo.
De esos que duran años oasí parece de momento y se quedan en tu cuerpo otro buen tanto de tiempo.
12:36. Cuadra 3 de Pardo. Miraflores.
Si, estaba en plena reunión de trabajo, con un poco de resaca he de admitir.
Y me di cuenta, de pronto, que quería un abrazo.
Uno largo y caluroso.
Uno de esos donde apoyas la cabeza, cierras los ojos y amas la vida tal como viene.
Uno de esos donde muchas cosas/ideas cruzan por tu cabeza, unas más aterradoras que otras, otras más emocionantes que unas.
Las observas, y las dejas ir.
Disfrutas ese hoy y ahora que has creado con la persona a la que estas abrazando.
¿A qué voy con esto?
A que me tomo un tiempo considerable en darme cuenta que un abrazo puede comunicar incluso más que una mirada mencionar que comunica más que una palabra esta de más, y si no lo tienes claro, bueno, tenlo claro ahora y fin.
Primer encuentro
Esto se dio hace unos 4 o 5 meses, cuando asistí a un ritual de la nueva luna en el malecón.
Era la primera vez que iba a uno de estos eventos si, finalmente asistía a uno de los muchos eventos que «me interesan» según Facebook.
No consegui acompañante pero no me molestaba ir sola, de hecho, lo sentía bastante personal y hasta me terminó gustando la idea de salir conmigo misma y compartir un momento en mi bella pero en ese entonces abrumadora soledad.
Y llegué igual medio perdida.
Me olvidé un pareo o mal donde sentarme, me olvide también que siempre corre viento en el malecón y me terminé muriendo de frío gran parte del tiempo.
Pero ahí estaba, dispuesta a aprender uno de esos rituales donde al final te queda aún esa curiosidad donde el ¿de verdad funciona? es una pregunta que quedará sin resolver hasta que bueno, funcione o no.
Y bueno, saltándonos el ritual en sí un poco por flojera, un poco porque no lo recuerdo muy bien, llegamos a una parte donde teníamos que abrazarnos los unos a los otros.
Sí, abrazar de forma muy íntima, a un completo desconocido.
Entonces ella se volteó, una chica que había estado en todo el ritual delante mío, yo pensaba que era una señora, pero no, rodeaba los 25 y tenía una sonrisa muy amable.
Era ese tipo de personas con las que sientes paz, y te da ganas de compartir uno o varios momentos.
Entonces nos sonreímos, ambas nerviosas, pero emocionadas de compartir ese momento.
Teníamos que repetir una frase extensa sin dejar de mirarnos a los ojos.
Para los que lo han hecho, mirar a los ojos a un extraño a los ojos por algo de 1 minuto si, así de extensa era, es complicadísimo.
De por si, mirar a los ojos sin voltear de vez en cuando ya es difícil, entonces, háganse la idea.
Pero lo hicimos,
y pasados unos incómodos segundos, logre soltar, sonreír y sentir cada comienzo y final de cada palabra que iba saliendo por mi boca, para luego, dejarme de escuchar y comunicar lo que era necesario comunicar a través de los ojos.
y, cuando parecía que no había forma que otro medio de comunicación así de orgánico como es la mirada, llegó el abrazo.
Un abrazó que concretizaba todo lo dicho.
Un abrazo que cerraba ciclos y abría posibilidades.
Dos personas que estaban dejando ir algo muy valioso en sus vidas, que se lanzaban hacia lo que sea que se diera de ahí en adelante.
Y nuestro abrazo fue eterno.
Honesto.
Y más real que muchos que recuerdo haber tenido.
Nos separamos.
Nos sonreímos.
Ella cogió su bolso, y se fue.
