Primer paso,
– Necesitamos hablar – me dices mientras esperas con los brazos cruzados.
Camino.
– Siéntate, solo es una charla – me dices mientras sonríes amable.
Y yo también sonrío.
Hay una ventana a tu derecha, me voy a la izquierda, no quiero escapar pero me fuerzas a hacerlo.
Tú te quedas a la derecha, la tienes como un plan b, solo por si se me ocurriera hacer algo impulsivo/tonto/inmaduro.
Nos encontramos entre el miedo y la culpa.
Mientras empiezo a preguntarme ¿Porqué vine?
Empiezo, también, a preguntarme ¿Qué hice mal?
Perdí a un amigo, en algún lugar de la amargura y el orgullo.
Y me hubiera quedado contigo esa noche y todas las que venían.
Hablando y riendo, o talvez, solo contemplando el vínculo que habíamos creado de casualidad.
Si es que hubiera sabido como salvar una vida, sí, me hubiera quedado contigo esa noche y todas las siguientes.
Pero lo que sucede a continuación impide que pueda salvarlo, sin ánimos de traer culpables al festín le dije:
- Eres tú, no yo
Intentas defenderte sin inocencia.
Estableces una lista de todo lo que está mal, conmigo y con el mundo.
Pones al descubierto todas mis acciones poco correctas, pero tampoco incorrectas, desde que nos conocemos.
Ya no te escucho, y ya no quieres que lo siga haciendo.
Comienzas a alzar tu voz, y me pides que baje la mía.
Elijes.
- Maneja a tu casa y ten cuidado con las esquinas – me dices – termina de romper lo que tiraste a la basura, desde que volviste.
Y entonces, hizo una de dos cosas.
La primera era admitir su error, abrazar el fracaso, y de paso, abrazarme con fuerza.
La segunda era admitir, también, que nada era igual, ni iba a poder ser igual.
- ¿Porqué llegaste? – le dije – ¿Porqué te vas?
Y así, en algún lugar entre la amargura y el orgullo, perdí a un amigo.
