Y aquel día, ella supo,
Que debía dejarlo ir.
Que no fue un clavo.
No fue más que un viento,
Que empujó, y siguió empujando.
Y eso nada más hizo.
Para dejarla ir primero,
Para invitarla a ceder ante la pesadez de su vida en la suya,
O viceversa.
Pero nunca horizontalmente.
Y marzo/agosto se fue pesado,
Pero sin su rastro ni huella.
Pero con la mía, un poco más vieja,
Un poco más madura.