Usualmente no solemos ser sinceros
Ni con nosotros, ni con los demás.
No por completo.
No a ese punto donde realmente no ocultamos nada ni malos ni buenos sentimientos.
Y es que aceptar la verdad de las cosas, cuesta.
Tenemos esta maleta que cargamos con todas nuestras pequeñas mentiras que aún no queremos contar.
Cargamos con culpas y bondades que elegimos soltar poco a poco, claro, en el momento que creamos conveniente.
¿Soltamos siempre?
¿A quién dejamos entrar a nuestras vidas?
¿Y a quién mantenemos al margen?
Caemos siempre en la desconfianza.
En el miedo de perder mucho o todo y ganar poco o nada.
Olvidándonos que puede ser de modo contrario.
Porque siempre se pierde y se gana, mientras sigues aprendiendo y/o reinventándote para dejar pasar a nuevas personas en tu vida, dejar ir a otras…
Sin embargo, nos seguimos cuestionando
¿Debemos o no ser sinceros?
Siempre.
…
Acotación: Hoy recordé que alguna vez había escrito sobre la sinceridad, este post fue publicado el 26 de marzo del presente año, la situación que me motivó a escribir este bello texto resulta irrelevante en este momento, sin embargo, me recuerda lo mucho que se repiten muchas cosas en esta vida, siendo cosas la palabra que abarca la siguiente oración:
«una serie de sucesos que son necesarios que pasen, para dar paso a lo que realmente importa»
