Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Acotaciones frente a una fogata

­⁃ No, tu te mereces un libro nuevo – me dijo con una de las sonrisas más lindas que he visto hasta ahora.

Me sonrió y nos abrazamos.

Y si, no fue el mejor de los abrazos.

El aún tenía la cerveza en la mano y yo tenía ambas manos en mis bolsillos justificación: es mi mejor posición cuando ando medio nerviosa/medio muriendo de frío por no abrigarme correctamente.

Entonces si, fue un intento de abrazo que intentaba valga la redundancia decir algo como:

Fue un gran gusto conocerte y hablar de lo más rebuscado y misterioso de lo que dos extraños se pueden permitir hablar.

Y, después de esa tarde/noche al costado de la fogata, no nos vimos más.

Fin del relato.

Escuchar Love Story, y ponerse modo dramático

¿Que extraño sería terminar una historia así no?

Lo irónico de esto, es que esa forma tan abrupta y seca de terminar un relato, me la enseñó este ser tan peculiar, sin saber que estaba aportando a mi seudo formación auto sostenible de lo que es esta cuestión bonita de escribir.

⁃ ¿Porque terminas una historia así? – le dije

⁃ ¿A qué te refieres? – me dijo

⁃ No sé, estoy confundida, me gustó mucho, pero me quedé en el aire – le dije

⁃ Pero, así es como fue – me dijo – es lo que yo, el presunto autor de esa triste historia, sintió

Le sonreí.

Lo asimile.

Y le agradecí sin que él realmente supiera cuánto valía ese tipo de agradecimientos.

⁃ Me encanta cuando una persona me gusta cómo ser humano – le digo a mi hermana en la silla del lift – ¿me entiendes?

⁃ Que rara eres – me responde

Y es que sí, hace algún tiempo descubrí que puedo querer a alguien, de una forma más sincera, cuando me gusta como ser humano, cuando puedo quererlo porque aprecio su existencia en este mundo tan caótico y emocionante a la vez.

Cuando no necesito en el momento conocer más que eso, una historia de 5 capítulos y un final amargo.

⁃ Ya pero, como dices que lo conociste? – me preguntaría mi mejor amiga cuando nos juntemos después de semanas de intentar hacer coincidir nuestras ajetreadas agendas si, estoy parcialmente desempleada, pero de alguna forma siempre tengo «algo importante» que hacer

⁃ Y bueno, no sé, hacía frío, me paré junto a la fogata – comenzaré el relato como si me importara muy poco – dos chicos también se pararon cerca a la fogata, reconozco a uno de ellos de la noche anterior, y lo saludo efusivamente si, el frío me hace ser efusiva.

⁃ Y… – dice esperando mucho más

⁃ Y crucé miradas con el chico del costado – respondo mirando mis uñas, y sonriendo nerviosa si, me quito unos 10 años cuando cuento mis romances frustrados.

La historia partiría de allí en un incremento de detalles maleado, donde no sólo exageraría sobre el color de sus ojos, la forma de llevar el cabello, su sonrisa…

Su sonrisa otra vez.

Su sonrisa 174 veces más.

Sino también lo poética que era su forma de hablar, de acercarse, pero no demasiado, de pensar en sus respuestas nos inventamos cierto juego tonto sobre nuestros nombres.

Y así terminaría yéndome por las ramas e incluso llorando acotación: a modo de berrinche porque nunca más nos volvimos a ver.

Sin embargo, ya que le he dado tantas vueltas al asunto en estos rápidos últimos días en la nieve…

Concluyo que no volvimos a cruzar palabras a propósito.

– ¿Qué? – pensarán – ¿enserio le quieres quitar el misticismo a este relato?

– Y, si.

Este bello relato no necesita ningún tipo de decoración que sobrecargue nuestro existir al costado de esa fogata.

La vida se dio, intercambiamos historias, miradas intensas, un número que perdí y punto.

Acotación: Un par de semanas después, me apareció en amigos sugeridos en Facebook. Pensé en agregarlo, un par de veces, y luego, la vida siguió dándose y me olvidé del asunto, ahora… ¿ya no tiene mucho sentido hacerlo no?