13:10. Cielo Serrano. Cuzco.
Imaginé entonces el hipotético y trágico caso de perder la vida en ese mismo momento.
No, no era uno de esos pequeños espacios en mi vida donde mi mente divaga en posibilidades absurdas y no tan absurdas cercanas a mí muerte.
El avión empezaba a tambalearse más de la cuenta y acabábamos de partir. Era un modelo muy antiguo y pequeño.
Desde la ventana podía ver el ala doblarse y desdoblarse, me agarre fuerte al brazo de mi asiento. El que daba al pasillo, el otro estaba ocupado por una persona que probablemente me estaría detestando en ese momento.
Minutos antes del despegue se había dado una última pelea, que concluía el viaje de una forma muy agradable uso el sarcasmo a modo de compensar la situación y salir victoriosa.
Ella me había pedido que le pasara las fotos suyas editadas del viaje, yo por mi parte, estaba teniendo problemas en enviar cierto mensaje, a cierta persona.
Una mezcla amarga de mi reacción impulsiva y el amor frustrado y egoísta que sentía por él pero esa es otra historia.
Me alzó la voz en reclamo de porqué aún no le había enviado las benditas fotos.
⁃ Estoy ocupada- le respondí con el mismo tono de voz que suelo usar cuando quiero joder a una persona que ya está jodida.
Esto sucedió un par de veces más hasta que se calló.
La señora, mi madre, se mantenía callada a su costado. Aparentemente, en este preciso caso, no se iba a meter en la discusión cosa rara.
Terminé de mandar el mensaje y empecé a mandarle las fotos.
No le avisé pequeño error.
⁃ Necesitamos que apaguen sus aparatos electrónicos – me dijo la aeromoza con esa amabilidad fingida que tanto detesto en ciertas aeromozas si, soy consciente que no todo el mundo anda pretendiendo por la vida, pero queda claro que es una tendencia en nuestra sociedad.
Sonreí y oculté el celular.
No lo apagué, nunca lo hago, seguíamos en tierra y realmente quería evitar que la discusión se profundice a causa de fotos.
No sería extraño de todas formas, siempre parece ser ese nuestro punto más profundo de choque.
Es decir, no la forma, sino el fondo: se hace lo que ella pida, yo no quiero, fin.
Las fotos no llegaban.
Entonces llegó la primera, una de 20 por poner un número razonable, una que no le interesaba tener en lo absoluto.
⁃ ¡¿De todas las fotos que tenias de mi, decidiste pasarme solo esa?! – me dijo gritando y súper indignada.
Ergo, comenzamos a discutir al respecto.
Le mostré mi teléfono y todas las fotos que le había pasado pero que aún no llegaban por la mala señal.
⁃ Quería que me las pases antes de irnos de Cuzco.
Lo que pasó a continuación fue una mezcla lógica de emociones revueltas e inmaduras de tres mujeres que terminaban un viaje.
Le saqué el dedo del medio, me insultó y mi mamá se cambió de sitio.
Entonces ahí estábamos, las tres en asientos separados, finalizando un viaje que tuvo bastantes subidas y bajadas pero que por esta vez, parecía que realmente lo íbamos a recordar más por los buenos momentos que por los malos.
El avión se seguía moviendo, cada vez más, y como siempre suelo hacer, empecé a imaginarme casos hipotéticos donde el final feliz no era una prioridad.
De pronto el avión empezó a caer en desenfreno.
La gente se alarmó.
Las máscaras de oxígeno cayeron sobre nuestras cabezas y el piloto nos hablaba intentando tranquilizarnos.
Mi mama se pasó a mi costado y llamó a mi hermana, que, aterrada siempre de estos movimientos locos, súper comunes en pésimas aerolíneas, se pasó de inmediato.
Nos abrazó fuerte.
Nos disculpamos y empezamos a rezar. Si, en ese entonces seguía rezando.
Tampoco era que fuera súper creyente, pero es lo que se hace en esas situaciones de desesperación.
Pero eso no pasó.
El enojo duraría hasta llegar a Lima donde probablemente le preguntaría si aún quiere que le pase las fotos.
Me diría que sí, obviamente.
La señora nos diría para ir a comer lomo saltado de pikeos es buenazo, si tú, joven lector, no has ido, no sabes nada de la vida y todo quedaría olvidado.
Estas peleas siempre terminan así.
Sin embargo, me quedé pensando mucho en lo último que me dijo.
Hice una pausa e interioricé al respecto.
«Quería que me las pases antes de irnos de Cuzco»
¿Porqué?
¿Cuál era el mayor afán de querer que eso pase en ese momento y no una hora y media más tarde al llegar a Lima?
Empecé a profundizar aún más en lo ridícula que era esta tipa en ciertas ocasiones.
En lo ridícula que es esa obsesión de querer colgar todo a las redes sociales, de publicar todo lo que le conviene en este remedo de conector virtual que lo que hace se asemeja más a separar que juntar.
Me di cuenta tampoco es que no lo supiera, pero decidí aceptarlo que somos muy distintas y que eso es irremediable.
Que las peleas van a ser eternas.
Que nunca haría un viaje solo con ella por más que me duela.
Que la señora siempre va a tener preferencias, y yo no puedo hacer nada al respecto, más que saltar al lado de mi hermana así ella no tenga la razón.
Recosté mi cabeza, cerré los ojos y espere a que la turbulencia, de todas las turbulencias, parara eventualmente.
