Y de fondo, una canción precisa para el momento
«Y se marchó, y a su barco le llamó libertad»
Y Fin.
No, claramente no me fui de mi casa, para siempre.
Creo estoy segura que aún no puedo costearme ese tipo de alternativas.
Entonces se me viene a la cabeza las palabras de este buen ser, actualmente un poco perdido, diciéndome…
<em>⁃ Estás empezando a entender todo lo que implica ser un adulto, bienvenida</em>
Y, al mismo tiempo, la voz de mi abuela diciéndome, un tanto desesperada y confundida, completamente comprensible…
<em>⁃ Estás escapando de esto, deja tus cosas y quédate </em>
Luego la voz de esta otra personita que me dijo hace unos 6 o 7 meses…
<em>⁃ Ay Antonia, siempre andas huyendo de aquí para allá, ¿Porqué lo haces?</em>
Levante los hombros y le sonreí diciendo básicamente «no tengo la más mínima idea, déjame ser así»
Y es que nunca había sentido tanto la necesidad de irme de mi casa.
Tal vez, en alguna otra situación similar, hubiera pasado por mi cabeza, pero hubiera terminado ganado la flojera, o la comodidad.
Esta vez fue distinto.
Tenía 5 o 6 pastillas en mi mano los nombres de estás están de más.
Sentada al borde de la cama.
No, nunca tuve esas intenciones que asumo, están pasando por tu cabeza, estimado lector.
Me dolía la cabeza, la espalda, y otros males de siempre y de nunca.
Necesitaba apagarme un ratito.
De rato en rato, intentaban abrir la puerta, mientras yo seguía sin saber si tomarlas o no.
No tenía agua, y si me las metía sin ella probablemente me atoraría, me escucharían toser, abrirían la puerta y me darían una gran cachetada bien recibida
por pasarme de imbécil e inmadura, y lo que pasaría después sería un gran castigo, encierro o despojo de algo sumamente importante, a lo cual yo solo tendría que acceder y fin.
Porque así funciona el mundo
Vacilamos entre castigos y recompensas, entre el que tiene poder sobre alguien y el que se somete a las decisiones de esta persona.
Escucho unas llaves.
Recuerdo que hay una botella de agua al fondo del closet
Actúo rápido y me tomo las pastillas.
Mi abuela abre la puerta y me encuentra terminando de alistar mis dos bolsos, donde, desordenadamente intentó meter lo más valioso e indispensable que pueda necesitar.
Salgo hacia mi cuarto, apenas mirándola, sacó la plata de mi lugar súper secreto en realidad, de secreto no tiene nada, debería considerar cambiar de lugar donde guardo mis ahorros.
Sí, siempre encuentro la forma de ahorrar.
Saco cierta cantidad de plata.
Ya tengo todo, ya estoy lista.
Pido el taxi, llega en 4 minutos que bestia lo rápido que llegan los taxis últimamente
Salgo, ella sale.
Ya me estoy empezando a sentir mareada.
Me reclama, me reclama y luego dejo de escuchar sus reclamos.
Ah, las bondades de la valeriana.
Le doy la plata.
Fin.
Sin duda, ese ha sido, hasta ahora, una de las noches más complicadas que he tenido en relación a temas de convivencia.
Ahora faltaba la parte más importante del asunto: hacerlo.
Entonces volvemos a la eterna disyuntiva entre considerar y decidir.
Y claro, lo consideré.
Busqué depas bueno, amigas y amigos andaban en búsqueda de depas y yo solo me acoplé.
⁃ No te recomendaría que te mudes en este momento – me dijo el sujeto – ni siquiera tengo un ingreso fijo.
Claro, sería un intento de independencia bastante falso.
¿Para qué complicarme la vida, por ahora, si el resultado va a tener tal grado de mediocridad?
Al final te terminas dando cuenta que prefieres dejar de lado, parcialmente, tu comodidad emocional y priorizar tu billetera.
