El río.
Las piedras.
La arena que se levanta con el movimiento y va pintando el agua.
El caudal indeciso.
El silencio.
Silencio que se decora de paz.
Y sin embargo, una chica está llorando a lo lejos.
Él se acerca.
A un ritmo lento.
Pero sin dudar de sus pasos.
Pasa las rocas.
Pasa la arena.
Llega a ella.
Ella lo mira con sorpresa.
Ojerosa.
Desnuda ante la brillantez de su llanto.
Que desconoce y reconoce.
Pues siempre llora sin motivo.
Y motivo es lo que abunda.
En silencio.
Y la abraza.
Y ella recibe el abrazo sin emoción.
Esta llega tarde.
Pero llega.
Y lo abraza de vuelta.
Y se quedan así por un momento largo.
Una eternidad efímera.
Sin palabras pero diciendo mucho.
Sin sonido pero con enorme alboroto a su alrededor.
Y hay abrazos que no se desperdician.
Que llegan justo cuando deben llegar.
Y lo no indispensable se vuelve aún más necesario.
Abracemos siempre.
Que sana el alma, y calma la mente.
