Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Veces y veces

Y ella siempre necesitaba chequear si su hija andaba bien.


Siempre que podía

Siempre que la veía.

Cogiendo una manzana de la cocina, apuradísima, cabello mojado, atado, hecho moño, una cosa bastante improvisada.

Ella andaba en constante apuro por la vida.

Dolor de cabeza.

Café.

Cigarros roleados y sin terminar, en muchas partes de la casa.

Ropa sucia en el piso.

Ropa limpia en la cama.

A veces de modo contrario.

Si, la chica era algo similar a un desastre.

Pegada a su teléfono, al iPad, a la laptop.

A veces, pegada en la nada.

Pensando en todo lo que le falta hacer para el día, o la semana, o el mes.

Todo lo que no había podido hacer.

Y a veces, lo que había hecho no brillantemente.

A veces era algo constante en su vida.

A veces andaba bien, luego no tan mal, y en intermedios se le pasaban las cuestiones.

Libros de amigos olvidados.

Insomnio pintado de narcolepsia.

El polvo.

Las envolturas de las pastillas.

A veces, si desayunaban juntas.

Ponía su teléfono boca a abajo y se dedicaba un poco de tiempo.

Y sabía que probablemente ya estaba tarde, pero disfrutaba su jugo de papaya.

Y el pan con queso.

Queso rascado, fresco, mantecoso.

Y ese momento valía más que cualquier cosa.

Con el tiempo fueron siendo menos.

Con el tiempo ya no había tiempo para tomarse un tiempo.

Y un buen y sabio día.

Con olor a tinte de pelo.

Con la sensación de una bolsa atada en el cuello.

Y un auto estacionado en la zebra.

Ella tomó una decisión.

Una frustrada y poco segura

¿Pero cuando iba a estar realmente segura de sus pasos? 

De su andar.

De su constante búsqueda en algo, cualquier cosa, que la saque de la comodidad en la que se suele estancar.

De rato en rato, de vez en vez…

Entonces se marchó.