Y aquel buen día, baje cantando.
Desde aquella cuadra cuyo nombre no recuerdo, pasando por la diagonal, mirando de reojo aquella tiendita de la que nunca compre algo.
Tenía una cremolada en la mano.
Maracuyá y fresa.
Descubrí el lugarcito mientras estacionaba, hace un mes.
¿Porqué no supe esto antes?
Y llegué a la Javier Prado.
No pasó nada de tiempo y la tomba nos hizo señas para cruzar.
Y seguí bajando, viendo, también de reojo, algunos clusters que pasaban.
Viendo si él andaba por ahí.
Algo que nunca pude dejar de hacer.
Me cruce con ese chow chow hermoso que siempre veía la vida pasar a las 9 y tantos por la mañana.
Este día, se había quedado un poco tiempo más.
Seguro me estaba esperando, sabiendo quizás, que no volvería a pasar por ahí mientras él seguía contemplando su existencia.
Si, drama, siempre.
Y seguí bajando, cantando, riendo, y por ratos, con los ojos llorosos.
Pase por esa tiendita donde vendían helados sin azúcar.
Nunca compre uno.
También por esa donde el menú se veía buenazo y siempre decía «uff tengo que venir algún día»
Y me quedo en Juan de Arona.
Veo motos pasar, y sí, también lo busco ahí.
Pero muy superficialmente.
No hay tomba hoy, es muy tarde para que esté.
Cruzó, bajo, llego.
Sigo cantando, debo estar calmada.
Subo, marco, sonrió y voy directo a mi sitio.
Hola y hola.
Momento crucial.
Habla.
Habla y se sincera.
Sal bien, en alto, dignidad ante todo.
Propón, actúa, sigue hablando.
De pronto, me siento súper triste, me pesan los ojos.
Vamos, no es para tanto.
Las cosas se debían dar así, eventualmente.
Entonces se llega un acuerdo poco claro.
Sigue siendo fin de mes, sigue habiendo su respectiva paga.
Y el resto es nostalgia.
Y ojos aún llorosos.
¿Porqué?
No sé.
Supongo que me encariñé de este lugar.
A lo que se dio y no se dio.
Hice amigos y conocí a buenas personas.
A otras (una) un tanto (bastante) idiotas.
Y a veces me reía mucho, a veces corría de oficina en oficina, a veces la cagaba un poco, y otras veces, si debo admitirlo, no hacía nada.
Entonces gracias por las 1740 tazas de café.
Los posts.
La videoteca que creé y que nadie nunca le dio bola.
Los almuerzos callados.
Y otros muy bulliciosos.
El bullying.
La vida.
Despedidas en la puerta.
Variadas.
El sensei al que nunca iré.
Tampoco a Yerba, era muy caro.
La ensalada de 4 soles.
La empanada malograda.
Mis tapers con una presa de pollo y soledad.
Una mujer muy extraña que se reía muy alto y hacia ciertos comentarios, nuevamente, muy raros.
El sujeto que nunca me cayó bien, sí, el que mencioné arriba, saludos a él.
El viaje fallido a huarochiri.
También el de huancayo.
Algunas cervezas de viernes.
Navidad.
Mi cumpleaños.
Grabaciones.
Yo llevando equipos y manejando mal.
Yo y mi lucha constante con el Photoshop.
Ni qué decir del After.
La limpieza de armario.
Sarita.
Mi horario severamente jodido.
Y finalmente, la terrible computadora que me dieron,a la cuál arreglaron unas 30 veces pero la cuestión no tuvo mayor arreglo.
Sí, gracias a ella aprendí a meditar, superar y seguir con mi vida.
Y no hubo mayor despedida.
De hecho, fue el día que menos gente hubo.
Entonces me dediqué a cerrar cosas.
Programar cosas.
Y comprender que hay etapas en la vida, variadas, bonitas y dolorosas (si, drama, mucho drama).
Dejas ir y todo bien con eso.
La vida sigue.
Es solo uno de los muchos trabajos que tendrás.
Y fin.