Y llega ese momento, al final de tu carrera, donde te preguntas. ¿Qué mierda voy a hacer después de terminar la U?
Silencio.
Me quedo pegada mientras sonreímos y seguimos caminando.
Y el silencio se expande.
Me mira esperando una respuesta.
Y pienso.
Me concentro.
¿Que concha quiero hacer después?
El hecho es que lo tenía tan claro, en algún punto de mi carrera, en realidad, en muchos puntos de mi carrera.
Uno de ellos fue hace menos de un año.
Yo regresaba de intercambio, enamoradisima de una ciudad en específico: Barcelona.
Si, claro.
Yo me veía viviendo en Barcelona.
Despertarme con la brisa del mar.
Salir a correr por esas callecillas súper bohemias que conocí.
En Barcelona fui feliz.
E infeliz, un poco, pero esa es otra historia.
Entonces si, yo tenía que volver a Barcelona.
Y me encapriché al respecto, lo sigo haciendo.
¿Pero qué hice cuando regresé?
Claramente nada relacionado a eso, primero debía terminar la carrera.
Y ahora que estoy tan cerca de hacerlo, quiero irme, aún, pero ¿para que?
Entonces llega toda esta crisis existencial etérea y pasajera, pero a la vez constante, donde la pregunta nunca se cierra.
No se concreta.
Nada, solo hay silencio.
Tranquila – me mira calmado – todos tienen su ritmo, supongo, que ya encontrarás el tuyo.
Resulta que, con el paso del tiempo, y de las personas, he obtenido muchas y muy variadas respuestas respecto a esa pregunta.
Puede ser, seguir trabajando en lo que estoy ahora, ahorrar e irme de viaje. – 22 años, mujer.
Seguir trabajando, ganar experiencia y buscar alguna maestría en el exterior. – 25 años, hombre.
Quiero tener un año para mi, viajar todo lo que pueda y comenzar mi vida. – 23 años, mujer.
Hijo, hija, tu vida ya comenzó, solo te estarías dando un respiro.
¿Necesitamos un respiro? De todas formas.
¿Cuánto tiempo? ¿Cuán lejos?
¿Quiero tener ese respiro? ¿Y si se me va la vida?
Alto.
En estos últimos meses, que por alguna extraña razón siento que han sido eternos y a la vez, muy instantáneos, he conocido a muchas personas, claramente distintas, y de edades muy variadas.
Entre esta gente están aquellos con trabajos pasajeros, muy del momento, quizás un tanto inestables, pero que les dan la libertad suficiente para controlar sus tiempos.
Se automanejan y son sus propios jefes.
Esta gente, sin embargo, depende bastante de sus clientes.
Viven ajustados, quizás, pero viven, y les gusta que sea de esa forma.
Hasta que de pronto, no, y uno de ellos me dice.
Creo que voy a buscar algo fijo, necesito la plata. – 28 años, hombre.
Y caemos en este tema de necesidad.
Si, el dinero es necesario, si queremos hacer algo más de lo que solemos hacer.
Llevar a cabo un proyecto, viajar a algún lado.
Quiero no quedarme estancado en mis ideas, crear, vivir del arte – 30 años, hombre.
Hay tanto por hacer.
Quiero llevar otro curso en Alemania, estoy en busca de becas – 32 años, hombre.
Tal vez sea tiempo de irme, cambiar de trabajo, no se, aún lo estoy evaluando – 32 años, hombre.
Tengo tantos proyectos en mente, este es el año para dejar de planear y empezar a hacer – 32 años, hombre.
No, claramente, no era la misma persona.
Nunca he trabajado en algo estable o convencional en mi vida, resulta que, por más loco que parezca, descubrí lo que realmente quería hacer en el último ciclo de la universidad – 25 años, hombre.
Hace dos meses vivo solo. ¿Que he aprendido? Que si no hago compras, no como. – 23 años, hombre.
Todos van a su ritmo.
Se caen, se levantan.
Y en esas se nos pasa un poco la vida.
Pateando proyectos, empezando otros fervientemente.
A veces nos estancamos, nos acostumbramos a la comodidad de no tener grandes cambios que, de alguna forma, desestabilicen nuestro paso por el mundo.
Tenía que salir de ahí, estaba muy cómoda. – 24 años, mujer.
Quiero seguir creciendo, acabo de renovar contrato, un año más, y luego busco una agencia más grande. Tengo la valla muy alta, sabes, por mi papá. – 26 años, hombre.
Mucha gente cree que debe pensar qué hacer después de la U cuando recién salgan de la U, pero no, está mal, debes comenzar antes. – 24 años, mujer.
Me han trasladado a Chile, me voy en un mes. Que loco como cambiaron mis planes tan rápido. Quién sabe, tal vez me quede allá. – 28 años, hombre.
Entonces claro, me puse a idear un nuevo proyecto.
Algo personal, y no tan personal.
En fin, algo que no me haga depender de nadie.
Y todo bien con eso, me gusta mucho.
Pero, ¿y Barcelona?
Y también están otros bonitos, y un poco, solo un poco, inalcanzables, destinos.
Rusia, Nueva Zelanda.
¿Con que plata te piensas ir?¿Vas a seguir pidiéndole a tus papás? – 26 años, hombre.
Y sí, aún me mantienen.
¿Que feo suena no?
¿Y has considerado, no sé, no irte? – me dice mientras me cambia de sitio en la vereda. Seguimos caminando.
El hecho es que no me veo mucho acá, Lima es realmente estresante.
Me agobia, me bajonea, a veces.
Pero ojo – me dice – es más cómoda.
¿Realmente me gusta ese tipo de comodidad?
¿Acaso la quieres pasar mal en otro lado? – me toma del brazo – ¿Empezar de cero?¿Por tu cuenta?
Si, ¿porqué no? – respondo, dudo.
Silencio.
Entonces, querida, haz algo al respecto. Se te está yendo un poco la vida.
Falso. Voy a mi ritmo. Tranquila y segura, por momentos.
Sabiendo, a ciencia cierta, que nada es seguro.