Ya no hago grullas.
Pero, es el momento donde más debería hacerlas.
¿Que? ¿Acaso, la tipa, finalmente sabe lo que quiere? – me dice sorprendido
Si, claro.- respondo sin mirarlo – Todo está más despejado ahora.
Menos preguntas, más acciones.
Menos dudas, más afirmaciones.
Menos pastillas, más reiki.
Menos café, más yoga.
¿Finalmente estás dejando el café? – me dice, clavando aún más su mirada sobre mi.
Jamás – respondo, aún sin mirarlo.
Pero, si estoy bajando la dosis.
No es bueno tener ese tipo de dependencia, con nada ni con nadie.
Se vuelve tóxico.
Se puede llegar a convertir en una enfermedad.
Sin embargo, un buen día, un buen ser, me dijo que el café era para los creativos.
Me lo dijo mientras tomábamos café.
Mientras éramos creativos.
Con nuestro andar, con nuestro paso por mundo.
Estancados, claro, en la poca movilización de nuestros deseos.
De nuestros planes a futuro.
Tan emocionantes.
Unos más que otros.
Descubrí entonces que no quiero solo una cosa.
Pero, tampoco muchas variadas.
No por el momento.
Entendí que debo agradecer, disfrutar, aceptar y dejar ir todo tipo de «cuestiones» que se cruzan por mi camino.
Entendí, también, que «dejar ir» no sucede de la noche a la mañana.
No sucede aquel día cuando despiertas y te sientes feliz sin motivo, y de pronto, asumes que estas feliz porque ya dejaste ir eso que tanto te frenaba.
No sucede tampoco aquel otro día cuando escuchas sus canciones y te ríes al respecto, con anhelo, siempre, pero del bueno y reconfortante.
¿No? – se acerca.
No.
Sucede cuando recuerdas a esa persona con amor.
Cuando le mandas luz donde sea que esté.
Cuando te pones a pensar en todo lo bueno y positivo, espero, que esté haciendo con su vida.
Te perdonas y perdonas.
Pero, aguanta un poco.
Pasarás por esa etapa muchas veces.
Y recaerás en la nostalgia.
Y te volverás a levantar.
Y llegará un buen, caluroso día del final de marzo, donde descubrirás, que ya no hay forma de recaer en la nostalgia.
Que todo pasa por algo.
Y que estás, exactamente donde debes estar.