Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Cansada de andar cansada

Me sentí mareada.

De pronto, mis ojos pesaban más.

Mis manos empezaban a temblar.

Mis piernas,

Las ganas.

No tengo ganas – le dije, fría, sincera.

Nunca tienes ganas – me dice mientras me empuja bruscamente y se levanta para cambiarse.

No, no era ese tipo de ganas.

Eran ganas más importantes.

Necesarias.

Indispensables, si se quiere llegar a un cierre.

Mis ojos seguían pesando más, pero estaba sin ojeras.

Mi estómago crujía, pero acababa de comer.

¿Ya te cansaste? – me dice, sarcásticamente.

No, es mi estado común. – respondo, después de un bostezo.

¿Como puedes estar cansada siempre? – me dice,simulando dulzura.

Lo cierto es que, no tengo la más mínima idea.

En algún punto, me acostumbré a este estado.

Donde todo pesa.

Donde, a veces, en lo único que pienso es en llegar a mi casa.

A mi cama.

Mi espalda en el colchón.

Tal vez ahí estaba el problema.

La escoliosis esta.

Que no es ni grave, ni leve.

Solo existe hace 4 o 5 años.

Y la molestia se adaptó al hábito.

Se adhirió a mi constante cansancio.

Es la narcolepsia – le digo, seria.

Es la idea de la narcolepsia – me dice mientras se recuesta.

También es la idea de no tenerla – le digo y me recuesto a su lado.

¿A que te refieres? – sonríe 

A que, no podría vivir satisfecha si no buscará refugiarme en esa idea, en esa enfermedad o condición que condiciona mis días. Que justifica mi cansancio y falta de ganas. Lo cierto es que sin ella, dejaría de tener excusas para no hacer ciertas cosas que he pateado durante mucho tiempo. Sin ella, dejaría de apreciar lo que hago, porque pensaría que es muy poco. Que soy mediocre y poco perseverante. Todo sería muy confuso, como es explicarte esto, hoy.

Cuatro tazas de café.

A veces con azúcar.

2, 3 cucharadas.

La cuarta me la llevo a la boca.

Dejó que el azúcar se pegue a mi paladar.

2, 3 más.

Si, quizás el dulce me ayude a despertar un poco – recuerdo.

Y lo hace.

Pero el efecto se queda corto, y tengo sueño otra vez.

Me duele la espalda, hazme masajes – le digo, después de otro bostezo.

Se sienta detrás mío y comienza.

Es regular. Está bien.

Todo ayuda.

Lo estoy intentando – me dice mientras pone su codo y presiona con fuerza.

Volvamos al inicio.

¿Como puedes estar cansada siempre? – me dice, fastidiado.

Café.

Y si, puedo admitir, finalmente, que soy adicta al café.

Las adicciones son una construcción social – dice mientras urga en mis pensamientos, su codo baja aún más – condicionándonos a la idea de estar sujetos, a algo externo.

Genera esta dependencia transformada a ansiedad, y recorre tu cuerpo haciéndolo temblar.

Crees entonces, que tienes una necesidad que satisfacer.

Buscas.

Encuentras.

Pierdes.

Vuelves a buscar.

Yo solía ser adicta al cigarro.

Lo cambié por café.

¿Fallé?

Si, claro, fallaste bastante – dice, aún urgando, hace círculos con su codo, con un poco más de fuerza.

Me estás haciendo daño – intento alejarme.

Me agarra ambos brazos por atrás. 

Presiona.

Me lastima.

Tú te haces daño todos los días – me dice al oído – porque yo no puedo tener ese privilegio.

Silencio.

Bostezo.

Silencio.

Beso.

Beso sabor a nada.

Beso descafeinado.

Beso hermético.

Desesperado por un poco de calor, de empatía, de deseo.

¿Vamos por un café? 

Vamos.