Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Es agradable, el silencio

Y aquella, buena noche, ella estuvo muy confundida.

Llegó.

Se sentaron.

Algo usual.

Llegó con una gaseosa que no era de su gusto

Llegó pero él no la estaba esperando.

Él estaba esperando la gaseosa.

Una caliente y encima, light.

No importa – dice mientras se acerca al espejo del baño, y se revienta un granito.

Ella no estaba ahí realmente, no aún.

Lo supo mientras caminaba sin ver.

De todas formas, el color no existe – dice él, entrometiendose en su introspección.

Si existe – dice mientras se tambalea en la vereda.

Un carro pasa y toca la bocina.

Ella recordaba el día anterior, muy remotamente.

Y la necesidad que tuvo.

La angustia, las ganas.

Después, las pocas ganas.

El derrumbe.

Y seguía, nuevamente, bastante perdida.

Se reinventaba en esa confusa confusión, de la que siempre se había mofado

Y de pronto, él estaba más lejos.

De pronto, ya no había conversación.

Ni música.

Pero si, silencio.

El eterno silencio.

El sonido no existe – dice él, entrometiéndose en su divagar.

Y lo que tú escuchas, nadie más lo escucha. – dice ella, intentando creer sus palabras.

Y viceversa.

De modo contrario y de ningún modo.

Su risa se pierde, se aparta.

Se prolonga entre el silencio que existe entre ellos.

Nuevamente, el eterno silencio.

De dos desconocidos que nunca se conocerán.

No como lo hicieron antes, no como lo harán después.

Y no hubo nunca ni un antes ni un después.

Ella llega, pero él no está.

Él la busca, pero ella se esconde.

Silencio eterno, y unas cuantas definiciones un tanto pretenciosas y rebuscadas.

Pero es agradable, el silencio.