Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

La nada se apodero de su mente.

Y por un momento, volvieron a estar en un mismo lugar.

Hoy te vi.
Porqué no te acercaste a saludarme.
Estabas de espalda, concentrado, con el ceño fruncido. Aún recuerdo cuando andas así, sin ganas de conectar con el mundo.
Pudiste haberte acercado.
¿Hubieras querido?
No lo sabré hasta que no lo hagas.
¿Nos volveremos a ver?
En teoría, yo no te vi.

Caminaron sin mirarse.

Ella temblaba mucho.

Hacía calor, y lloviznaba.

El tenía sus manos sujetando su mochila.

Buscaba una salida.

Pero el camino solo iba por un sentido, el otro, estaba en construcción.

El camino no era camino.

La ruta era eterna y borrosa, pero ellos seguían caminando.

Existiendo en la inexistencia de una memoria que se borra.

De recuerdos que se distorsionan.

De una voz ronca y unos ojos que lloran.
Habías dejado de existir. ¿Porque no vuelves a eso?
¿Porque quieres que deje de existir?
Prefiero eso, a verte de espaldas y no poder acercarme.
Porque no mejor haces algo más práctico.
¿Qué cosa?
Intenta olvidarme

Ella descubrió entonces,

Que lo que creyó pasar, no había pasado.

Y que la razón por la que estaba teniendo esa conversación.

Ahí, en la nada

Con una persona, lo suficientemente cobarde como para entrar en el calificativo de «la nada».

Era que eso de olvidar o no olvidar podía traspasar lo lógico.

Que estaban ahí, no porque ella no había podido olvidar.

Sino que no había olvido alguno que realizar.

La nada era eso.

La no existencia de nada.

Y nada era él.

Resumido en carne, pelo y ropa.

Y una mochila, claro.

Porqué ahí el llevaba su vida.

Con riesgo a perderla.

Con riesgo a poner y quitar cosas de ella.

Personas.

Como aquella.

Como esa señorita que después de verlo, de espaldas.

Sonrió mientras bajaba por la avenida.

Pensando en la improbabilidad del caso.

Y no volvieron a mirarse,

No había nada que decir.