Y empecé a contar
174, 246, 379…
La caja de grullas se iba vaciando mientras yo me ponía más y más ansiosa.
Tenía un vuelo que tomar.
Parece que siempre estoy tomando vuelo a algún lugar, como una grulla.
468, 543, 658…
Pausa.
¿Realmente quería llegar a las mil grullas?
No quería seguir contando, hacerlas se había vuelto un hábito.
Pasó de ser una meta, a una forma de llevar la vida.
Si, hablo de hacer origami como un estilo de vida, suena un poco ridículo.
Pero hacer grullas de papel nació de un estado muy hermoso: la búsqueda de paz.
En abril del 2015, el Mamuty me contó la historia de las mil grullas de papel.
De la chica que se moría y sus ganas de vivir.
La grulla fue tomando la forma de muchos deseos, de muchas personas, de muchas historias.
Al comienzo, me afané y me compré papeles de colores.
Me propuse un número de grullas por día, de tal forma que máximo debía acabar para junio del 2015.
Acabé casi dos años después.
La constancia no es mi cualidad más fuerte, ni la más presente, ni la que más me aporta como debería.
Me olvidaba, desertaba y algo en el camino hacía que regrese a ellas.
En esas idas y vueltas el deseo inicial fue variando.
Me encontré haciendo grullas con y sin propósito.
A veces era inercia, otras veces eran emociones encontrándose entre sí en un colapso hermoso de incertidumbre.
Después de un tiempo, me di cuenta que solo hacía grullas de papel reciclado.
Esto sucedió a finales del 2015, cuando entré a trabajar a esta oficina donde botaban demasiado papel.
Comencé con una campaña silenciosa de reciclaje, e incluso, pasó por mi mente organizar un movimiento exclusivo de reciclaje de papel en empresas que hacían uso excesivo de este.
Creo que si le hubiera puesto ganas, ahora estaría en otro lugar, con otra historia que contar.
Quedó un poco en el olvido cuando puse mis ideas en papel y empecé a ver todos los requerimientos para que realmente funcione.
Por decirlo de forma bonita.
Otra forma es admitir que fue flojera y falta de empuje propio.
Continué haciendo las grullas en la oficina.
En mi escritorio siempre habían grullas.
En mis clases de la universidad.
En mi carro.
En mi cama.
En cualquier parte de la casa.
Hacia grullas prácticamente con cualquier pedazo de papel que tuviera frente a mi, y creo que dentro de todo, aún sostenía mi campaña silenciosa de reciclaje.
Setiembre, octubre, paraba y continuaba, y el deseo seguía cambiando.
Tanto así, que un tiempo me olvide qué era lo que realmente quería, y hacerlas se volvía más que nada «algo que debía seguir haciendo».
Me encontré haciendo grullas con mensajes.
Grullas con canciones.
Con secretos.
Me pregunto ahora cuáles habrán sido los secretos de ese entonces, o a quién estaban dirigidos.
Llegó enero y me iba de viaje por un tiempo.
Llegó enero y no terminé las mil grullas de papel.
Me faltaba un poco menos de la mitad.
¿Lo termino allá?
¿Lo dejo para mi regreso?
Me mentalicé que no iba a poder hacerlas allá porque de regreso se iban a aplastar todas en la maleta y luego tendría que volverlas a hacer.
El deseo inicial había vuelto y de cierta forma, no quería ver como no se iba a cumplir.
Entonces lo dejé para mi regreso.
Mentira.
Por supuesto que en esos 6 meses viviendo en España hice grullas de papel.
Incluso me compré hojas especiales para hacer origami.
Empecé a regalarlas a personas que fueron parte de mi vida allá.
A dejarlas en lugares a modo de agradecimiento.
O de despedida.
Es por eso que no son exactamente mil las que hice.
Sino muchísimas más.
Volví.
Mi deseo era otro y condicioné el conteo nuevamente.
Empecé a condicionar la fecha del final, o del comienzo, como quieras verlo.
Y todo se volvió más confuso, y el deseo ya no era deseo, me encontré no encontrándome.
Me perdí un poco.
Y finalmente, todo encajó.
Encontré eso que estaba escondido.
Las cosas se dieron cuando se tenían que dar.
754, 822, 967…
Y un 22 de diciembre del 2016.
1003 grullas de papel.
No pude llegar a las 1000 redondas, ese mismo día encontré 3 grullas más en mi carro.
3 que hice en los semáforos.
Mientras manejaba en automático y dejaba de existir un poco.
Esas 3 últimas son mi deseo.
Uno que no tiene ni fondo ni forma.
No sé qué hice con esas 1003 grullas.
Seguro se perdieron en alguna mudanza, o seguro las encontraré cuando haga mi siguiente mudanza.
Estamos 28 de marzo del 2023, nunca dejé de hacer grullas de papel, de hecho, desde hace unos meses vengo retomando la costumbre de regalárselas a gente qué pasa por mi vida con algún mensaje.
Como una manera de encajar el amor en algo tan chiquito y significativo.
Como si quisiera llegar, cada día después de 8 años, a las mil grullas de papel.
