Entonces los miré mientras no me miraban.
Para luego mirarme y verme en ellos.
Una complicación inesperada que no tenía que ser de esa forma.
Era el silencio maltratado por el ruido de los cubiertos al rozar.
Por sus bocas masticando.
Por la comida enfriándose frente a mí.
De todas formas ya no la quería – pensé mientras mis ojos seguían recorriendo sus rostros, un poco demacrados.
El primero estaba encorbado, sus hombros caídos.
Delgado, flaco.
Pero se esmeraba en terminar su comida.
De echo, era lo único que miró mientras yo lo miré.
Observaba lo que había en su taper mientras masticaba, terminaba y se volvía a meter otro bocado.
Y esto continuaba con intermedios en los que asentía, en los que levantaba la cabeza y me miraba de reojo.
El segundo estaba sentado un poco más recto
Con una mano, se llevaba la comida a la boca sin ver qué era lo que estaba ingiriendo exactamente,
Con la otra, jugaba con su celular.
O quizás estaba en facebook, obervando la vida de los demás,
Con cierto recelo, con cierta nostalgia.
El tercero ya había terminado de comer y me estaba observando.
Yo intentaba no hacerlo pero era inevitable cruzar miradas.
No me sentía en el mejor momento de mi vida para seguirle el juego.
No ahora
¿Por qué me hacía esto?
En general, así me sienta bien o mal, odio que me miren mucho.
Es invadir mi privacidad y fin, fin con ese rollo.
¿Qué ves? – le dije
Todos dejaron de hacer lo que estaban haciendo.
Que malhumorada – me respondió el tercero.
Si, cálmate – me respondió el cuarto.
Silencio. Risas. Silencio.
Yo ya no quería comer así que me eche para atrás y esperé a que se les pasara la tonta sopresa de alguien que finalmente dice lo que piensa.
El cuarto también se recostó.
Me miró y me sonrió con aprobación.
¿Aprobación de qué exactamente? ¿Me debía seguir quedando callada?
Conversamos un poco más, usuales banalidades de inicio de la semana.
Ellos no saben que pasa en mi vida, ni yo se que pasa en la de ellos.
Nadie debe juzgar a nadie.
Es un trato silencioso que siempre se debe tener en cuenta en momentos como ese.
Donde pudieron, en sus mentes, justificar mi rudeza culpando «la regla»o «el estrógeno».
No los culpo, yo soy la primera en hacerlo cuando de pronto me empiezo a sentir medio extraña o mal, sin aparente razón alguna.
Finales – dije
Rieron y empezaron a comentar «esas épocas».
Añoraron mientras yo seguía odiando «estas épocas».
Pero no era lo que ellos creían, no era la falta de sueño, las horas de entrega, la cantidad de palabras necesarias, las presentaciones, los correteos.
Provecho – dije mientras me paraba un tanto incómoda, un tanto no ahí.
Pues usualmente no estoy ni aquí ni allí ni ahí.
Pues no son los finales.
Resulta ser algo mucho más simple que ellos, pero sin duda, más pesado.
Fin.