Un año después, él seguía ahí.
Pasando entre los carros, con los periódicos y revistas en la mano.
La miro y, extrañamente, le sonrió.
Ella hizo lo mismo pero él se fue al instante.
Siguió con su trabajo
Con la rutina.
Tenia la misma ropa que el primer día que lo vio.
Lo recuerda porque, ese mismo día un año atrás, se preguntó si acaso no tendría frío.
Y quiso hablarle para enterarse.
Y él pasó muy rápido por su ventana.
Así pasó por muchas semanas, él evadiéndola y ella intentando cruzar miradas.
Un día ella se animó a llamarlo y pedirle un periódico.
Bromearon, conversaron y por un par de meses ella le siguió comprando el periódico una vez por semana.
Aprovechaban el semáforo para comentar sobre sus vidas, sobre sus dramas y dudas existenciales mientras uno hacía uno de sus muchos trabajos y la otra iba camino a uno de sus primeros trabajos.
Ella andaba muy sonriente en ese entonces, había conocido a alguien.
Él tenía una novia de hace un par de años. La amaba mucho.
La chica no fue más por un buen tiempo.
El último día que pasó por ahí, no lo encontró y no se pudieron despedir.
Pero hoy se vieron otra vez y él se acercó.
Le tocó la ventana y ella volteo despacio.
Tenía los ojos caídos y la nariz muy rosada.
Hablaron brevemente pues quedaba poco tiempo en rojo.
Ella había llegado a un punto donde ya no conocía a ese alguien.
Y él, estaba esperando su primera hija, de la novia a la cual nunca dejó de amar.
Se emocionó mucho.
Los carros empezaron a avanzar.
Y con ellos, su ridícula pena.
Lo único cierto es que la vida sigue siendo la misma, lo que cambia son las personas que llegan, y las que se van.
