Entonces se pusieron a pensar.
Pues hay días en los que no pensamos, solo actuamos.
Claro, habían estado actuando a medias desde que regresó no siempre, he de admitir, pero el simple hecho de permitirse usar máscaras entre ellos, era aborrecible.
Solo haciendo lo que creían correcto, incorrectamente.
Ella parecía tener una teoría parcialmente definida sobre lo que podría implicar el reciclaje de amor.
- ¿Estás segura de lo que estás por decir, amor? – le dice mientras la contempla manejar.
-
El 90% de lo que digo no suele pasar por un proceso previo de análisis – le responde – pensé que lo tenias claro, estimado.
La teoría parecía tener un buen comienzo e iba mas o menos así:
Las personas nos acostumbramos a cierto tipo de amor.
A dar y recibir de la misma forma.
Este amor puede pasar por distintas personas.
Unas más similares que otras, otras más incompletas que unas.
Nos adaptamos y reciclamos nuestros sentimientos.
Pues al final, terminan siendo los mismos.
Lo único que cambia es la persona.
Unos se transforman. Son como plastilina que se amolda a los gustos y disgustos de la otra persona. Otros no. Se resisten al cambio.
El reciclaje es evidente en las relaciones y las seudo relaciones.
Pues las manías se quedan, los apodos, los insultos, la forma de mirar.
Tu risa no va a cambiar de acuerdo a la persona.
Es el mismo amor, quieras creerlo o no
El fin de su poco esperanzador monólogo coincidió con el semáforo rojo.
Silencio incómodo.
- Somos plastilina amor – dice ella finalmente
-
No lo somos – el responde sin verla.
Segundo silencio, y hasta cesa la bulla de la calle, el tráfico, la gente y la vida.
- Bueno entonces, somos piezas perdidas de distintos rompecabezas – dice ella, esperando quizás, una segunda negativa.
-Probablemente – responde él mientras le sube el volumen a la música.
Semáforo verde.
Maneja.
