Si las paredes pudieran hablar, que historia contarían.
Pensó mientras recorría sus dedos por los muebles sucios de la sala. La casa se impregnaba de recuerdos tan lejanos, casi ajenos.
Memorias tan vacías.
Tan llenas.
Tan muertas.
Ella se sentó frente a esa mampara donde algún día, de algún mes, por algún motivo, había visto a una familia feliz.
¿Realmente lo había sido?
Quizás en su momento.
Quizás en fotos y vídeos.
Muy dentro, quizás ellos mismos empezaron a hacerse la idea que así sería el resto de sus vidas.
Las sobras de una ex mujer aún presente en su cabeza.
Ahora solo quedaba polvo en las cortinas.
Un sol que cae intensamente, cada mañana, sobre aquel plato de veneno.
Él, esperando que algún gato aparezca por la mañana.
Muerto.
Triste.
Engañado.
Ella, muy lejos.
Sonriendo y enojándose por nimiedades.
Teniendo todo y nada al alcance.
Llevando una vida mediocre como lo hacía antes de él, y ahora, después de él.
Ha pasado un tiempo razonable (para el que quiera razonar al respecto) y la casa aún está inundada de ese dolor.
De la frustración de un fracaso que ya se había anunciado desde el altar.
La casa guarda.
La casa es solo casa.
Una estructura de dos pisos, un patio grande y una terraza que nunca pudo arreglarse.
Hubo un tiempo donde se pensaba en una linda azotea.
Una pérgola.
Sillas reclinables.
Verde y otros colores.
Se pensaba también en un hoyo lleno de agua.
En domingos tranquilos.
En amigos y cervezas.
Cervezas y amigos.
Luego solo fueron cervezas y nadie.
Nadie y gritos.
Gritos que ahogan deseos.
Un hombre sentado solo en medio del polvo.
Con Antonio Vivaldi sonando fuerte.
Ella recuerda entonces uno de esos pocos días donde dejaba de criticarlo y se sentaba junto a él y su aliento a alcohol.
El ponía a Vivaldi y empezaba a crear historias.
Se guiaba por el ritmo, la intensidad.
Los instrumentos perfectos sonando en sincronía.
El aliento se iba.
Las preocupaciones.
Ansiedades.
El deseo profundo de decirle que algo andaba mal.
Que todo terminaría, y no de una buena forma.
Que se fuera.
Sin más ni menos.
Un abandono planeado por una chica egoísta que no tenía nada claro.
Vuelve entonces a la mampara.
A la familia.
Las risas.
La parrilla, la carne y los vegetales.
El vino.
El sol que cae suave.
Que decora momentos efímeros.
Una cocina ajetreada.
Con amigos.
Con familia que no era familia.
Que nunca pudo serlo.
Muy distintos y superficiales.
Mira hacia atrás y sabe que ha olvidado muchos de los años que pasó en esa ciudad.
Buenos años, malos, extraños, muertos.
Han fallecido con ellos las sonrisas y lágrimas.
Han fallecido los abrazos, si es que abrazaban, de gente que importaba, si es que aún importan.
Es terrible ver cómo las paredes de la casa de desmoronan a causa del peso del recuerdo.
Peso pesado que en realidad va vacío por dentro.
Todo es mentira.
Pero se alimenta de su falsedad cada día que pasa.
Ella necesita cerrar, necesita irse.
¿Qué está haciendo allí realmente?
¿Para qué vino y para que se va?
Empieza a girar sobre su sitio. Intentando borrar, ver más allá de lo visible.
Tocar lo intocable.
En eso, una niña entra.
