No va a llegar.
Se recostó en la pared del Carrefour mientras Javiera hablaba sobre lo mal que funcionaba ese sistema y lo poco confiable que puede llegar a ser.
Tenía muchas cosas en la cabeza como para andar preocupada por un tipo que no respetaba las horas.
Estaba agitada y confundida, aún no creyendo lo que acababa de hacer. Por mail, tan simple, tan virtual como había estado siendo la situación por varios meses.
No parecen tener una respuesta pronto. No hay doble check, no hay nada de él.
Empezaron a andar en círculo, a ponerse nerviosas, enojadas.
Estaban a menos de tres horas de Madrid, ajustando mucho para tomar el bus que las llevaría a Barcelona.
Si el sujeto no llegaba, lo perderían todo, y eso era lo único que importaba en ese momento.
Pero no había otra forma. Se toparon con horarios de buses que partían muy tarde, y trenes que acababan de hacerlo.
De pronto, el tiempo parece no pasar. Se detiene mientras una vuela recordando las palabras escritas, el mensaje filtrado, las conversaciones por skype, la música, dos amigos en una cama. Tres con ella. Llorando, riendo, exaltándose.
Se detiene mientras la otra camina y come gomitas, intenta canalizar la frustración, da ánimos y sonríe a medias.
Todo parece estar a medias ese día. Entre decisiones rápidas y una mala memoria de noches anteriores.
Ven el reloj, ha pasado casi una hora.
Esto va mal.
Pero ya lo sabían. Y el riesgo aumenta, las gomitas se acaban y empieza a dolerle la cabeza.
Español de mierda.
Finalmente, su teléfono suena.
He tenido un accidente, llegaré un poco tarde.
La situación empieza a ridiculizarse y ella empieza a escribir incoherencias. Alarmada y exagerada conversación que tiene dos remitentes y un imbécil que no sabe respetar la hora.
Se sientan, se resignan lentamente.
Pero no a la posibilidad de perder el concierto, eso jamás pasaría, sino a la probabilidad de tener que pagar un poco, o bastante, más para llegar a su destino final.
Ahora si hay tiempo para pensar en lo escrito, lo enviado, lo ridículo, nuevamente.
Hay tiempo para ponerse las gafas así no haya sol.
Se imagina entonces en una calle vacía, de noche, con él.
Ya no hay millas de por medio, ya nada es virtual.
Se imagina leyéndole la carta, porque claro, jamás podría decirle a capela.
Nunca fueron buenos hablando, ciertamente no lo serían ahora.
Se acerca a él y pone su mano en su mejilla.
Ninguno de los dos puede hablar. Tampoco hace falta. él no tendría nada que replicar y ella mucho menos, nada que responder, que acotar.
Están perdidos y se da cuenta que, quizás, siempre lo estuvieron.
Un sonido. Javiera contesta el teléfono.
Estoy al frente.
Ella levanta la mirada y él le sonríe desde su asiento. Cachoso.
Se suben aunque sea tarde. Es tarde para muchas cosas. Pero van a correr el riesgo.
