Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Ella mentía mucho.
Lo supo mientras las palabras continuaban saliendo de su boca sin ser comprendidas por la misma autora, sin tener el mínimo rezago de veracidad entre textos que contaban esa historia.

Esa, que como muchas, habían creado confusiones en su vida, que la incitaban a repensar las cosas, creando un remolino de verdades y mentiras incompletas.

Lo había vuelto a hacer y de pronto, se encontró caminando sin rumbo en una carretera vacía, cerca del mar. Acompañada, claro.

Él había empezado a hacer una que otra broma para cortar el silencio, los nervios. Quizás solo buscaba conocerla un poco más. Mirarla y percibir más que datos que decoraban el rostro angelical de la niña. Datos insuficientes e irreales, claro.

Ella no comprendía qué era lo que lo había animado a escoltarla hasta su hotel. Tal vez fue presión de grupo, tal vez fue su mirada perdida, mientras se balanceaba de lado a lado e intentaba sostenerse en la baranda de la entrada de la discoteca.

No tenía dinero ni identificación, solo la llave de un cuarto compartido y su celular.

Entre la conciencia y la omisión, su destino se iba alejando. Pero ellos seguían caminando.

Entre la preocupación, vaga, de nunca llegar, y el relajo de creer tener todo el tiempo del mundo para andar sin rumbo.

Mientras amanecía, mientras se seguían perdiendo entre la brisa fría del mediterráneo.

Por ratos se preguntaba qué hubiera pasado si no los hubiera perdido; por ratos hablaba con él, se reían un poco y luego volvía el silencio.

No eran buenos para conocerse, para hacer fluir la conversación. De hecho, no eran buenos para muchas cosas, pues habían pasado ya dos horas y seguían perdiéndose más y más.

Llegaron a un punto donde supieron que era momento de volver. La calle estaba muy vacía y las luces de las casas se iban apagando. El cansancio y el alcohol empezaban a cobrar cuenta.

Volvamos entonces a la parte donde ella se da cuenta que miente mucho.

Volvamos a esas historias de alguien más.

Él le creía todo, aún sabiendo el riesgo que corría al hacerlo. Realmente no podía hacer nada al respecto.

¿De qué forma le iba a poder sacar cierta verdad entre tanta mentira?

Entre esos ojos brillosos, esa sonrisa coqueta.

Tomaron un taxi. No tenían dinero. Bajarse de él fue una pesadilla.

Todo empezó a confundirse, recibieron gritos y carcajadas de humanos que también deambulaban después de la fiesta, del botellón, de los muchos shots de tequila.

«Eso no se hace»

Piensa en las únicas palabras que recibe de ese conductor que aquel día madrugaba.

Piensa en las incontables veces que había echo lo mismo. Nulas, claro.

Las historias ajenas seguían acumulándose entre ellos.

Él nunca volvería a saber de ella. Olvidaría su cara, su risa, su forma tan descarada de mentir.

Ella olvidaría su acento, su malos chistes, su barba mal cortada.

Se olvidarían como buenos extraños. Malos conocidos. Acompañantes de una madrugada sin aclarar, de un camino sin asfaltar.

Continuaron imaginando situaciones improbables y él también comenzó a mentir. Quizás para autosatisfacerse, para entrar en el juego, para probar conocerla y volverla a ver.

Su risa se fue alejando y no hubo un «Quieres pasar a mi habitación».

No la tenía ahí y nunca la tendría.

Se miraron mientras se decían en silencio y amargo hasta nunca.

«Estas loca»

Se abrazaron y siguieron con sus vidas.