Recuerdo que una vez escribí un post sobre impulsos.
Meses antes había escrito uno de los muchos y distintos picos (altibajos) que puedes tener ciertos días.
Entonces sabes que vuelves a lo mismo.
Supongo que hay cosas que no podemos cambiar de nosotros.
Nos adaptamos a ellas.
Las asimilamos y convivimos pacíficamente.
Pero un día esa paz se rompe.
Con unas cuantas palabras.
Porque todo se volvió palabras.
Aquellas que son fáciles de borrar.
Ese día te diste un descanso,
Un respiro de ti mismo.
Decidiste dejar de ser egoísta.
Y luego tuviste muy poco tiempo para pensar en ello.
Para procesar la idea, el acto.
El sujeto no llegaba e ibas a perder el bus.
Dormiste un poco en el camino.
Pero en realidad no estabas disfrutando de ello.
Tenías muchas cosas en la cabeza
Y ninguna cobraba prioridad.
Se te fue olvidando la pena mientras corrías por el metro y buscabas la dársena que no estaba indicada en el boleto que compraste hace más de un mes.
3:51 am – Algún lugar entre Zaragoza y Barcelona
Piensas nuevamente.
Piensas pero no existes.
Te pican los ojos, la cara, la nariz.
Te duele la cabeza.
El asiento es incomodo.
Tus pies no encuentran su lugar en el mundo.
Te hechas agua.
Te paras para ir al baño e incómodas a la chica de tu costado.
Finalmente, solo te quedas mirando las luces que adornan el camino.
Las ves múltiples y dispersas,
Desenfocadas.
Y una manta de árboles grises pasa entre ellas.
Miras también tu reflejo en la ventana.
Estás ahí sin estar.
Inerte,
Asimilando.
Pero no hay vuelta atrás,
Y sabes que solo te queda esperar una respuesta.
O solo esperar en general.
