Él se casó.
Es una situación extraña.
Es uno de esos momentos que no esperas tener a los 21
Él, 23.
Empiezas a crear historias pintadas en un lienzo arrugado.
Suposiciones que llevan a un lugar vacío dentro de tu memoria.
¿La embarazó?
¿Fue presión de los padres?
Porque bueno, sus padres eran una cuestión especial.
¿Realmente quería casarse?
Hace un par de años, era otra la historia.
También éramos otras personas.
Más inmaduras, más efímeras.
Es ridículo pensar como la vida da tantas vueltas.
Andamos con los ojos vendados,
Sin saber a dónde vamos,
Sin saber qué hilo tomamos.
Hay personas que pueden tomar el mismo hilo que nosotros.
La duración es ambivalente,
Al azar,
Pretendiendo casualidad.
Entonces empiezas a comprender que todo está predeterminado,
Que no existe la coincidencia,
Que ciertas personas tienen que tomar el mismo hilo que tú.
Que hay relaciones con fechas de caducidad latentes.
Y otras ni siquiera tienen fecha de inicio concretas.
Pero sigue sin ser relevante.
Cada uno tiene ese hilo que elige o elegirá tomar.
Unos podrán coincidir.
O se alejaran.
O tomarán uno más largo y otro más pequeño.
Llegarán a donde deban llegar.
Quizás, muchas veces se perderán.
Así, dejas de proyectarte en lo innecesario.
Empiezas a disfrutar lo que tienes ahora.
A disfrutar como si se acabara mañana.
Aunque puede que no se acabe nunca.
