Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Estás tan poco tiempo en un sitio.

Los lugares están y no están.

Tú pasas rápido entre ellos.

Eres esa ráfaga de viento helado que te despertó al llegar a Múnich.

O parte del hombre en bicicleta al que le tomaste una foto en el túnel de Hamburgo.

O una de las personas borrosas que cruzaban uno de los muchos canales del río Amstelveen en Amsterdam.

Eres parte de las hojas de los árboles en los parques de Vienna.

Parte de las luces que alumbran Budapest por la noche.

Eres la lluvia en Praga y su amanecer.

O un dibujo significativo en el muro de Berlín.

Tu vida se convierte en una película independiente.

Música de fondo.

Paisajes que pasan muy rápido.

Mientras te diriges en tren de Tonndorf a Hauptbahnhof.

Hoy no salió el sol.

Hoy todo está en blanco y negro.

En viñeta.

Opaco y áspero.

Pero vas tranquila.

Libre.

Como el aire helado de madrugadas en Hamburgo.

Como el agua que caía lentamente de la pileta del lago elbe.

Lento, muy lento.

Frío, muy frío.

Pasan los árboles desnudos.

Podrías pasarte horas viendo esas ramas que se enredan.

A la par de tu mente y tus historias.

Suposiciones de lo que nunca pudo suceder.

De tiempos ajenos.

Lejanos y transitorios.

Trenes rojos van y vienen.

El tuyo se balancea.

Los rieles se hacen uno y muchos a la vez.

No te quedes con ganas de nada.

Nunca sabes si vas a volver.