Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Hablemos de amor

 A Sofia la conocí con lentes y una sonrisa torpe de niña tímida – me dijo mientras se quitaba la casaca.
Íbamos camino a Madrid.

Dos extraños que tenían 3 horas y 25 minutos para conocerse en lo mínimo, en lo superficial.

El tren andaba ni medio lleno, ni medio vacío.

Terminamos sentándonos frente a frente.

Yo no tenía audífonos y el sujeto resultó bastante hablador, lo cual llamó mi atenciónal instante

Sucede que usualmente las personas tienden a retraerse al ver que su acompañante no sigue el ritmo de la conversación.

A mí sin embargo, me gusta escuchar historias.

Notar cada detalle en sus expresiones mientras el narrador toca puntos débiles en ellas.

Capítulos no cerrados que aún está intentando comprender.

Claro, decidimos dejar conversaciones banales y de poco interés para otros extraños, en otros trenes y en otras vidas.

Hablamos de amor.

De la distancia y el tiempo.

De las circunstancias dadas.

Teníamos 12 años cuando nos conocimos – continuó mientras me miraba fijamente a los ojos.

Quizás para asegurarse que estaba comprendiendo que aquel dato no tenía relevancia alguna en el relato.

Pero la dulzura en su voz y sonrisa al recordarla de niña, ingenua y retraída, era saboreable.

Ella siempre estuvo con alguien – continuó

Siempre entregándose al amor de una forma libre y despreocupada.

Enamorándose incontables veces mientras yo la miraba de cerca.

Nos volvimos muy amigos después de un verano en la casa de lago de Pucon.

En días enteros de piscina y piscola.

Conversaciones que nunca tuvieron ni fin no comienzo.

La empece a querer más de la cuenta.

Y quizás, se estaba formando algo que podría terminar con nuestra bonita amistad.

Ella me encantaba.

Hicimos parada en Sevilla.

Un señor de mayor edad subió a nuestro vagón con un maletín que aparentaba causarle problemas.

Mi acompañante se paro y lo ayudó a meterlo en el compartimiento.

Yo aproveché en abrir el paquete de galletas que había comprado para el camino.

Le confesé mi amor el último día de verano, después de casi 3 años de andar detrás de ella – continuó con un tono de voz un tanto apagado.

Ella había dejado de pololear.

Yo pensé que era el momento correcto para lanzarle la gran confesión.

Nos besamos,

Dormimos juntos.

Por la mañana ella ya no estaba, había tomado el primer bus de regreso a Santiago.

Me fascinan esos momentos en las historias que me suelen contar.

Momentos que dejan ver el paso del tiempo y sus matices.

Porque hace unos meses no éramos los mismos.

Sufríamos un poco al recordar.

Estábamos a la espera de la superación, del olvido liviano de un descenlace trágico.

¿Y qué pasó después? – le pregunté con intriga.

Nos volvimos a ver en Junio.

Pasamos el fin de semana en la casa de Pucon.

Con amigos, un ex y una mina que se moría por mi.

Hablamos muy poco en esos tres días y dos noches.

Nos mirábamos bastante, eso sí.

La última noche ambos la jodimos.

Ella con su ex, yo con la mina.

Después de eso solo quedaba mandarnos a la mierda.

Ahora, querida compañera de viaje – dijo – llega la parte feliz de la historia.

Sonreí con cierta timidez, había descubierto que el sujeto podía ser bastante sarcástico, lo cual me divertía de una forma extraña.

Me reencontré con Sofia casi un mes y medio después.

Decidimos olvidarnos de lo que pasó.

Esperé

Pasé uno de los mejores meses de mi vida hasta ahora.

El desayuno en cama.

La intensidad de sus besos.

Del sexo.

Los viajes por carretera.

Los bailes.

Las risas.

El chocolate en la cara.

Nuestros intentos de saber cantar.

Solo con tenerla cerca.

No pude dejar de sonreír por este extraño que acababa de conocer.

Ver cómo sus ojos se iluminaban.

Lo malo es que nunca dejó de mirarme.

Y note el cambio.

A finales de octubre me dijo que se iba a ir a vivir a Australia.

Se fue a la semana.

Nos quedamos mirando por un largo tiempo.

Segundos que se hacían eternos mientras nadie quería decir nada.

Me lanzo una sonrisa a medias.

Yo no dejé de evaluar el modo en la que aparentemente, había concluido su pequeña historia de amor.

Continua – dije de modo desafiante.

Las cosas no funcionaron para ella allá.

Volvió a finales de enero.

Justo cuando yo me fui a la casa de Pucón con la familia.

Sabes, antes que me venga a estudiar a España.

No hubo tiempo para cruzarnos.

Y tiempo era, de hecho, lo único que siempre tuvimos.

La historia no termina ahí – me animé a decir – continúa Santiago.

Entonces él rió mucho y se recostó contra la ventana.

Ella fue a mi despedida.

Hablamos muy poco aunque teníamos mucho por contarnos.

La acompañe a la puerta.

¿Cómo fue el beso?

Amargo, corto, vacío 

Eterno, triste, solitario

Mediocre.

Uno de esos que no son ni el primero ni el último.

De esos que no te dejan nada y te quitan mucho.

¿Alguna vez has amado a alguien tan fuerte que duele? – lanzó la pregunta después de una pausa alargada.

No – respondi.

Santiago miro su celular y sonrío.

Nos queda una hora de viaje,

Es tu turno