Hay veces que actuamos por impulso.
Esa atracción a hacer algo que no debíamos hacer.
Tal vez era la curiosidad.
La necesidad.
La angustia de estar en el limbo de la indecisión.
Son pequeños rezagos de impulsos los que nos llevan a situaciones confusas y banales.
Son esos los que luego nos mantienen despiertos en la repetición de la cuestión.
En intentar buscar una causa.
Pues la consecuencia está ahí.
Pero la evitamos.
Evadimos la verdad de un actuar sin pensar.
Es contradictorio, eso sí.
Pues si lo piensas mucho no lo haces.
Si lo piensas poco lo haces y te arrepientes.
Si no lo piensas no es verdad.
Siempre lo piensas.
Siempre lo haces.
Son impulsos los que nos llevan a palabras escritas a alguien.
En confesiones o secretos que dejamos al viento.
Este se lleva lo bueno y lo malo.
Lo que debe y no debe saberse.
Actuamos sin pensar, pensando en el acto.
Nos complicamos.
Nos enredamos en las muchas posibilidades de una resolución donde nadie pierde.
Al final siempre alguien termina perdiendo.
Lo sepa o no.
Seguiremos actuando por impulsos.
Nos seguiremos equivocando.
Es lo que debe suceder.
¿Estás listo para contar la verdad?
¿Para ser transparente?