Ella yacía inmóvil en la camilla del hospital.
Los respiros que hacía, sin constancia ni patrón alguno,- los mantenían a todos atentos.
A la espera que se hace eterna en este lugar de paredes frías y planas.
La nada alentadora o reconfortante espera del final de la vida de una mujer buena.
Luchadora.
Bondadosa.
Su piel tenía un tono amarillento.
Ese que hace resaltar arrugas y pecas que reflejan la edad de la persona.
Su cuerpo escuálido.
Sus manos heladas y sumamente delgadas.
No pude tocarla al comienzo.
No me atreví.
Todos andaban espectantes de igual manera.
Esa espectativa no los había dejado vivir en paz por semanas.
Esa espectativa que te llena de angustia.
Que se extiende por el tiempo y no aplaca el sufrimiento.
Todo lo contrario.
Lo endurece.
Y empieza a exprimir a estas personas que por amar y respetar a alguien se empiezan a olvidar de sí mismas.
Porque ellas llevaban ojeras grandísimas.
Ojos decaídos.
Rostros empalidecidos.
Me senté a su lado.
Y miré a esta mujer que no conocía.
O no recordaba haberlo echo.
Tal vez de pequeña.
Tal vez en un de las tantas historias que me contaba mi abuelita.
Aquellas en las que a veces me perdía.
En las que imaginaba innumerables suposiciones.
Y en las que sólo la miraba fascinaba.
Claro, ahora me arrepentía un poco de no haber prestado atención a nombres y detalles.
Me quede mirando a esta mujer que se iba.
Sin palabras ni gestos.
Me iba rompiendo por dentro.
Pues sí, es dolor es sumamente triste.
Y amargo.
Te arde la garganta.
Te frustras.
Y sólo quieres llorar.
Pero eso no va a cambiar las cosas.
Ella igual se va a ir y las personas de esa sala igual seguirán con sus vidas.
La toque con amor y delicadeza.
Pues sentir aquella fragilidad en su piel era inevitable.
Todos me observaron.
Ella abrió los ojos y asomó su mirada a mi.
Respiró más tranquila y más constante, pero aún débil.
Salí de la habitación muy fría.
Aunque ellos me abrazaron.
Muy sola.
Aunque ellos me hicieron sentir en casa.
Algo se fue de mi mientras la sanaba.
Mientras tocaba sus puntos de energía con mucho amor.
Algo se fue de mi mientras pedía su descanso, mientras pedía paz.
Y es que hay sentimientos que se nos escapan de las manos.
Pues rompemos en llanto en una habitación de hospital con más de 10 personas en espera.
Y luego nos retiramos de prisa, con disculpas de por medio y una sonrisa decaída.
Pero hay situaciones por las que debemos pasar.
Porque son necesarias de una y mil maneras.
Te hacen fuerte.
Te liberan de ese constante miedo a morir.
A dejar de existir, de amar, de soñar.
Poco a poco vamos aprendiendo que lo importante está en saber vivir.
A tu manera y a tu ritmo.
Vivir bonito y con ganas.
Pues la vida se nos va todos los días.
Pero siempre podemos quedarnos con un poquito de ella.