Te sientes un poco fuera de lugar.
Si, si hay metro en tu país.
Pero no tiene tantas conexiones.
Tantas señalizaciones.
Líneas.
Colores.
No comprendes nada.
Te la pasas preguntando hasta finalmente estar sentada en el vagón.
La gente es amable.
Excepto las señoras que te atienden en caso tengas problemas al sacar un billete de metro.
Ellas sí te miran de esa forma incomoda en la que la otra persona se siente superior.
Por el echo quizás que han vivido toda su vida acá y tu no.
Claro, están en todo su derecho de ponerse en ese plan infantil y hasta malcriado.
No, exagero.
Pero lo que pasa es que una anda apurada.
Sin tener realmente algún apuro importante.
Y estas señoras te complican la existencia al demorarse en solucionar tu problema.
Pasadas unas cuantas veces de usar el metro sola.
Descubres que la cuestión era sumamente intuitiva.
Que siempre terminarás llegando a tu destino.
Y que seguramente todos pasaron por ese momento.
Perdidos.
Retratos fieles de turistas distraídos .
Luego te encuentras bajando por las escaleras eléctricas del metro de Sol.
Con audífonos.
Clementine de Sara Jaffe.
Y eres como el resto.
Un humano cualquiera utilizando el metro.
Los tickets.
Las esperas.
Eres cómo todos.
O al menos lo aparentas muy bien.
Vas camino a Chamartin.
Esta lejos.
Pero te resulto más fácil llegar que cuando ibas a Ópera.
Y es que nos adaptamos con facilidad.
Misma ley de la evolución.
El que se queda, se extingue
