Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Callejuelas de piedra que se entrelazan entre sí 

Me encanta la gente.

Los rostros arrugados.

Las expresiones de paso.

Los distintos rasgos que adornan la plaza.

Me encantan los acentos.

La forma peculiar de hablar de cada uno.

Las expresiones con manos.

Lenguaje no verbal en general.

Las miradas.

Los abrazos.

Sonrisas coquetas que andan por ahí.

Despreocupadas entre desconocidos.

La gente es amable cuando quiere.

Dan direcciones.

Explican con minuciosidad.

Todo es intuitivo.

El tren.

Las rutas.

Orden que impide desorden.

Pero revolotea a los turistas.

Aquellos que se quieren insertar en una sociedad distinta.

Aquellos que utilizan ese acento tímido de principiante.

Que agradece mucho y pide poco.

Y caminas por callejuelas de piedra que se entrelazan entre sí.

Das muchas vueltas siempre llegando al centro, a la catedral cerrada.

Todo porque perdiste el mapa que innecesariamente compraste al llegar.

Caminas y continuas caminando.

Caminas más de la cuenta.

Tus pies te duelen.

Llegas a una iglesia convertida museo.

Entras tímida y preguntas cuanto está la entrada.

Te miran curiosas.

Es una monja y una señora que atiende, la cual descubren tu acento y posible procedencia en menos de un minuto.

¿Argentina? ¿Chile?

Tu sólo sonríes misteriosa.

Perú.

Te dice la señora.

Asientes y conversan por un momento.

De acentos y de cómo resulta sencillo, después de un tiempo, diferenciarlos.

Comentan también de los acentos dentro de España.

Son dulces, sumamente amables.

Llega otra señora.

La conocen.

Empieza a toser y ellas empiezan a molestarla

¡Qué no! ¡Qué estoy malita! – responde.

Las señoras comienzan a hablar entre ellas y sabes que es tiempo de irte.

Te despides y sales por esa enorme puerta de madera, de estilo visigodo, si, has leído las reseñas del casco histórico.

Y en cada paradero hay muchos acentos y expresiones.

Y sonríes mientras pasas.

Hay personas como tú.

Andando solas por Toledo.

Cámara o sin cámara en mano.

Se sonríen, empatizan.

Pero no se hablan.

Ya de regreso, en la fila para subir al tren.

Distingues aquellos distintos acentos españoles.

Sonríes y recuerdas a la monjita y la señora en esa iglesia convertida museo.

Y es que intercambiar unas cuantas palabras con personas así siempre resulta reconfortante.

Te da en que pensar cuando vas de regreso a casa.

Apoyas la cabeza en la ventana.

Te quedas dormido.