Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Distintos tipos de sonrisas

Tuvimos un repentino antojo de sopa.

Busque lugares de sopa cercanos en foursquare.

Encontré uno a 80 metros.

Era perfecto.

Aparentemente.

Yo dude mucho en salir por sopa.

Ya me había instalado perfectamente en la cama.

En fin.

Salimos lógicamente.

El lugar se llamaba Posada de Villa.

Era grande.

Entramos.

Era elegante.

Dudamos.

Por una parte estábamos empapados por la lluvia.

Por otra, la ropa de mochileros no ayudaba mucho a la situación.

Nos atendieron de forma gentil pero con esa pequeña pizca de curiosidad posada en la mirada del otro.

Aquella que cuestiona bastante en saber si podríamos pagar sus precios.

Solo íbamos por sopa de todas formas.

¿Qué tan cara puede estar una sopa?

Bueno, estaba cara.

Reflexión:

Si ves que el lugar es muy fancy para tu billetera, sonríe y retírate digno.

Quizás influyó un poco el hecho que  no le moleste mucho el tema de la plata.

La tiene, la paga.

Fin del asunto.

Subimos unas escaleras de madera en espiral.

Nos situaron al fondo.

Mesa para dos.

Cerca de dos grandes grupos de personas.

Unos ingleses.

Unos franceses.

Yo encantada.

Pan y aceitunas para comenzar.

No lo pedimos, algo de la casa, supusimos.

Croquetas de papa de cortesía.

Luego empezamos a dudar si eran de cortesía realmente.

Su sopa: servida en una taza de café pequeña.

Sin deshacerse por completo la elegancia del asunto.

Mi sopa: servida en un plato hondo aún más decente.

Pero fea.

Muy fea.

De ajo con huevo y pan.

No la terminé.

Reflexión:

Debes dejar de pedir sopas, nunca las terminas, nunca las vas a terminar.

Nos continuaron preguntando si deseábamos algo más de comer.

Claro, la sopa suele ser plato de entrada.

Sonreímos.

Era un NO, gracias.

Por supuesto ellos ya lo sabían.

Galletas y trufas de cortesía.

Preguntó si realmente eran de cortesía.

El mozo asintió mientras se retiraba.

Probamos.

La trufa era de café, amarga y dura.

Las galletas, un tanto insípidas.

Pagamos la cuenta con tranquilidad.

Nos pusimos los abrigos mojados.

La gente miraba al comienzo.

Eventualmente dejaron de mirar.

Luego quizás, formarían unos cuantos intercambios de opiniones.

Y ya estaba.

La gente se olvida.

Existen más relevancias que nuestra presencia en un lugar como ese.

Siguen con lo suyo.

Tomando vino.

Comiendo jamón.

Nos retiramos como llegamos.

Los mozos nunca dejaron de sonreírnos.