Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Lo que queremos y no queremos ver

«Ya nos veremos por ahí, algún día»

Eso fue lo primero que pensé cuando mi pie se dobló en la vereda.

Me dolió mucho. Quizás más de lo normal. De todas formas sabía que al despertar iba a estar mejor. Tal vez un poco hinchado pero nada que requiera mayor tratamiento que unos masajes y besitos en el lugar que dolía. Mi tobillo.

Aún así, empecé a llorar. Quizás demasiado, quizás exagerando la situación. No era el pie por lo que lloraba realmente. El dolor era soportable, ese tipo de dolor. No la angustia que invadía mi cuerpo, nuevamente, haciéndome sobre pensar las cosas. Más de lo usual y un poco inusual considerando que había pasado alrededor de un mes desde que sentí esa angustia en mí.

Él se acercó rápidamente a ayudarme. A estar ahí. Claro. Era lo menos que podía hacer después de una noche tan plana y un aburrida de rato en rato. Se que quizás lo estaba intentando, pero cada vez que veía su cara seria, su mirada perdida en la gente coloreada por las luces de la fiesta, sus pocas o inexistentes ganas de querer darme un beso, darme una vuelta, hacerme sonreír.

Quizás yo estaba intentando demasiado, quizás lo estaba sofocando. ¿Qué quería probar realmente? ¿Acaso debí alejarme, darle su espacio? Supongo que eso era lo que él quería, pero no tenía las agallas de decírmelo.

Doblarme el pie fue lo único que hizo interesante la noche. No. Miento. Encontrarlo fue lo que la hizo «interesante». Obtuve mi libertad, mi hasta luego, mi probablemente no nos veamos en más de un año pero no tengo ningún problema al respecto, mi ya no me importas, mi te puedo mirar y no sentir ni un poquito de cariño por ti.

Y eso obtuve. Sin lentes. Con lentes. Daba igual. No necesitaba verlo más que eso. La misma sonrisa amplia. Dientes un tanto separados. Cara pálida. Un tanto escuálido. Un tanto, o bastante, alcoholizado. Como siempre. Como todas la veces que me llamaba y le respondía.

Entonces así fue nuestro último encuentro. Mediocremente feliz. Pues respiré. Mucho o poco, lo hice. Respiré bonito y con ganas. Y esos latidos agitados en mi corazón ya no estaban. Y ya no te iba a esperar afuera. Ya no esperaría tu nombre en mi celular, mientras regresaba a casa, tarde, sola.

Tomamos un taxi a casa. Me quedé dormida en su hombro pero no soñé con nada. Tenía la mente vacía, limpia. Me abrazaste, o eso es lo que quería creer que hacías mientras dormía. Estoy a salvo. Contigo, conmigo, con nosotros.