Y aprendemos a negociar.
A usar palabras como «descuento atractivo» o «promoción killer»
Nos acostumbramos a un trabajo que nunca fue nuestra primera opción.
Por flojera,
Por necesidad,
Por falta de ambición, quizás.
Pero paga las cuentas.
Las salidas.
Los antojos de fin de semana.
Nos encontramos manejando por rutas interminables.
De cierta forma nos sentimos irrelevantes.
Completa y tristemente remplazables en nuestro hacer.
En aquel trabajo que de innecesario tiene mucho, de productivo tiene poco y de eficiente tiene nada.
Claro, exagero.
Nada tiene que ser tan trágico.
De echo, es hasta insultante si nos ponemos a comparar situaciones.
Contextos no tan lejanos a nuestra realidad.
A cualquier realidad.
Y finalmente llega el último día.
El hasta pronto para muchos y pocos.
Descubres que nada fue realmente trágico y patético.
Que ciertas descripciones y malhumores fueron de pequeños instantes de arranque en pleno tráfico.
En llamadas sin contestar.
En conversaciones por correo que duraban semanas sin cerrar ningún trato tangible.
Pudiste ser mejor.
Pero ya está.
Te vas digno y con sonrisa de oreja a oreja.
Porque aprendiste mucho y te gustó.
Conociste a personas increíbles.
Cada uno con su historia.
Su sonrisa y chiste repetido de media tarde.
Te vas con bueno y malos recuerdos.
Con abrazos.
Con escritorios limpios.
Con café derramado.
Con grullas de papel reciclado.
Con sillas con respaldar balanceándose aún mientras sales por esa puerta.
Quizás para siempre.
Pero uno nunca sabe.
Y el mundo sigue dando vueltas.