Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Sala de espera

El día se paso muy lento y rápido a la vez. Por una parte sentía que estaba avanzando con la lista de cosas por hacer que tenía en mano, por otra parte, me faltaba todo. Desesperación.

Ahora estoy en Houston esperando mi vuelo de conexión. El asiento es un poco incómodo. Las dos horas de espera que tengo no pasan y la señora a mi costado a empezado a hablar por celular. De una forma, bueno, un tanto escandalosa. Sin embargo, creo que es la primera vez que siento que no me falta nada. Café en mano. Tranquilidad.

Quería sacar el chip para poder estar comunicada mientras me quede acá estos meses, pero estuvimos por todo Lima en busca de mis medicamentos, de todos ellos. ¿En qué momento empece a tomar tantas pastillas y encima, a depender de ellas ? En fin, no logramos encontrar la cantidad suficiente. Supongo que tendré que reducir la dosis como a mediados de Enero.
Antes de salir, apuradas como siempre solemos ser en estas situaciones cotidianas en la que ella o yo se va, no sabía qué sentir realmente. Quería quedarme, irme, llorar de felicidad y tristeza a la vez. No era la primera vez, solo era, distinto. Quería estar ahí sentada en los asientos incómodos del avión. Con el aire acondicionado inundando mis débiles y alérgicos pulmones. Y a la vez no.
Lo último que metí a mi maleta era el pantalón de nieve que tanto me gustaba llevar puesto. Llore al despedirme, pero me fui feliz, y así es como quería irme, no arrepintiéndome de quizás haber continuado más con los proyectos que dejaba a medias, o que tal vez podía conseguir prácticas relacionadas a mi carrera en verano. O simple y llanamente, tener un verano, por así decirlo.
Me fui feliz e inmadura. Con ánimos de crecer y ordenar mi vida. Empezar el año con otra vibra, con el pie derecho, con una sonrisa de oreja a oreja. Emoción.

Todo estuvo bien durante el papeleo y la cuestión de migraciones. Me cruce con viejos amigos. Todos saliendo del país, todos con expectativas clavadas en sus rostros. En sus ojos que brillas de la inseguridad y la alegría de irse. No a modo de huir, a modo de encontrarse.

El vuelo no fue tranquilo. No dormí. No terminé de ver una película completa. Siempre suelo aburrirme antes que comience a ponerse interesante. No culpo a la turbulencia. A ella la quiero, pues enciende esa probabilidad de lo peor. Todo se movía, pero al resto de pasajeros no parecía importarle. Continuaban con sus asuntos, con sus preocupaciones personales en medio del insomnio que ocasiona el asunto. Pensé entonces en la posibilidad de «no llegar» a mi destino. Tétrico. El pensamiento se esfumó

Están por llamar mi vuelo. La señora ha dejado de hablar por teléfono, pero ahora rebusca en su bolso su pasaporte, o su carnet, o algo de suma importancia. Con lo rápido que me estresan ciertas cosas, estoy a punto de derramar mi café sobre su bolso.
Continuará