¿Dónde está la confianza en la desconfianza?
Te acostumbras a cierto tipo de personas
A sus manías.
Sus errores.
Sus formas cautelosas de hacerte daño.
De jugar contigo.
Te acostumbras a la costumbre de continuar acostumbrándote.
De no dejar ir.
De no aceptar disculpas.
Ni pedirlas.
Te sumerges en la inevitable creencia que es lo que mereces.
Que así será siempre.
Pero llega una persona que te dice lo contrario.
Decides no creer.
Continuar con el mal habito de desconfiar.
No estas listo para cambiar.
No hoy, ni mañana, ni ayer.
Nos recostamos en la arena tibia de esa playa de nuestros recuerdos.
De vidas pasadas.
De canciones fuera de tono.
Nuestros ojos ven parte de una sombrilla blanca, parte de un cielo que se pinta de naranja mientras atardece con apuro.
Y no decimos nada.
Existen los motivos.
Son tácitos.
Como el tiempo.
Como la distancia.
Como esos 180 días que se acercan.
Mientras me aproximo y te alejas.
Y a veces viceversa.
Enredo.
Seguimos sin hablar ni querer hacerlo.
Es mejor de esa forma.
Evitarnos mientras aún se puede.
Tomados de la mano, el tiempo no pasa.
Pero la confianza no se genera ni se degenera.
Tal vez nunca este del todo ahí.
Ni por ti, ni por mi.
Tal vez es necesario ese margen de error.
Esa caja chica.
Ese flotador en una piscina de niños.
Y la arena ya no está tibia, ni el cielo naranja.
Pero estamos más tranquilos.
El tiempo no solo juega en contra.