Hay muchas cosas que voy a extrañar de ella.
Pensaba mientras la escuchaba hablar.
Reír.
Comer su helado.
Fue hace un par de años, en un parque camino a Chosica, en una ruta de domingo soleado.
Con lo poco que me gusta el sol.
El verano recién empezaba.
Por suerte yo no iba a tener que lidiar con el calor por 4 meses.
Ella siempre está hablando, contando historias.
Con infinidad de nombres y apellidos que no recordaré porque bueno, eso de tener buena memoria no va conmigo.
Quizás también influía un poco la falta de atención.
Me quedaba pegada mirando sus manías.
La forma en la que mientras come, va juntando la comida al medio.
Se toma su tiempo.
Siempre quiere que esté todo ordenado, todo en su lugar.
Y recuerdo cuando de pequeña la observaba de igual forma.
Fascinada.
Queriéndola más y más.
Las historias van cambiando, pero poco.
Son los mismos personajes, las mismas expresiones.
Expresiones en su rostro.
Que la modifican mientras modifican a los que la escuchan.
Recuerdo cuando de pequeña, tocaba sus manos e inocentemente le decía que parecía la piel de un elefante.
Ella solo se reía.
Con esa mirada pícara y coqueta de siempre.
Ella es una blanca rosa de primavera.
Entonces me encontraba despidiéndome otra vez.
Esta vez por unos 8 o 9 meses.
La abracé fuerte.
Abracé esos brazos de piel de elefante que tanto me gustan.
Hasta el próximo año
Le dije y rió.
Y fui feliz de solo hacerla reír.
Porque se merece mil risas y sonrisas.
