Entraron a paso rápido.
De la mano.
Nerviosas.
Una miraba a todos y a ningún lado.
La otra sabía a dónde ir.
Ya lo había echo antes.
Tenían que hacerlo juntas.
Esto tenía que pasar de aquella forma, no había de otra.
Consideraron que era uno de los hitos que marca una amistad como esa, como la suya.
Tan imprevista, apresurada.
Tan a la ligera pero densa.
Tan fuerte conformada por personas débiles, y viceversa.
Se acercaron al mostrador.
Una tenía la plata.
La otra tenía la voluntad.
Dudó.
Dudó mucho.
Innecesariamente.
La respuesta era clara.
No habían dos opciones, no había que pensarlo más de media vez.
Y como si la señorita supiera lo que estaban por pedirle.
Las miró con desagrado.
Tal vez solo estaba en su cabeza, en la angustia.
Y eso era precisamente lo que empezaba a sentir de repente.
Desagrado.
De ella, de él, de la situación.
Una pastilla del día siguiente por favor.
La expresión en su rostro no cambió.
Ella lo sabía.
Lo supo desde que vio a esas dos muchachas entrar a la la tienda.
Una más perdida que la otra.
Y la otra pretendiendo más que una.
Le paso la tarjeta, le dio la contraseña.
Una pagó, la otra se hizo la loca.
Como si pudiera.
Como si quisiera.
Viene una de regalo – señaló la señorita con malicia.
Ambas rieron.
Frágiles, jóvenes, ilusas.
La tomó de la mano.
Le dio un beso en la mejilla.
Todo iba a estar bien.