Ella corre.
Sin apuro.
Calmada.
Él la está esperando en el estacionamiento. Como cada miércoles.
Un banal encuentro rutinario.
Fuma mientras espera. La nicotina lo tranquiliza.
Sin motivo alguno, tiene serias dificultades en manejar la ira, la cual surge sin avisar, sin ser premeditada.
Hace semanas un motivo empezó a acumularse. No lo sabe
Mientras corre, Claudia piensa en la mañana de aquel lunes.
Había despertado con fuertes moretones en el cuello y brazos. No podía recordar dónde o quien se los hizo. Solo recordaba rezagos entre fuertes lagunas mentales.
Era domingo.
No habían salido del cuarto en todo el día.
Los domingos casi no hablaban, podían jugar a molestarse, reír, besarse, fumar o solo mirarse por un par de eternos minutos, pero rara vez hablar.
Ella se quedó dormida a mitad de la tarde. Cuando despertó, él estaba sentado al borde de la cama, completamente inmovilizado contemplando sus manos.
No era la primera vez que lo hacía, pero nunca se animó en preguntarle, en saber más de lo que podía ver.
Entonces hizo lo que siempre hacía: se levantó despacio, pasó sus manos por su espalda hasta llegar a su pecho y abrazarlo con calidez.
Se quedaba en esa posición, con la cara en su mejilla y los ojos cerrados, hasta sentir que la tensión en su cuerpo se disipara, lo suficiente para sacarle una sonrisa y hacerlo volver.
A aquel sujeto que tanto amaba sin comprender.
Él se apoya en el capote del auto.
Él también recuerda aquel domingo.
Se había hecho de madrugada y empezaron los cosquilleos.
La recuerda riendo, forcejeando con los brazos estirados para evitar que él caiga encima y la aplaste. Siempre había sido así. Entre bromas, entre risas.
Pero aquella vez fue distinto.
Sus emociones comenzaron a hacerse más reales y violentas. La ira había vuelto y no era la situación más ideal para llevarse a cabo.
Solo recuerda sus manos en el cuello de su novia. Apretándolo fuertemente.
La recuerda ahogándose e intentando escapar.
Reacciona después de unos segundos. Está mareado y ella tose.
La hace tomar una pastilla. La pone a dormir.
No se inmuta ante el recuerdo. Pone un gesto de desagrado arrugando la nariz y prende otro cigarro.
Su novia se está demorando en llegar.
Ella ya no corre.
Los recuerdos vuelven.
El lunes por la mañana se despierta adolorida.
Un vaso mitad vacío en su mesa de noche. Él seguía durmiendo a su costado.
Los moretones los pudo ver en el espejo del baño, mientras él, aún medio adormitado la abrazaba por detrás, le besaba el cuello y la frente. Le susurraba cosas al oído.
Ella ya lo sabía sin querer saberlo.
Jugó con él un par de días.
Pero ya era miércoles. La rutina debía continuar siendo rutinaria.
Sigue caminando. Lo ve de lejos y él a ella.
Se sonríen. El termina su cigarro, lo bota y lo aplasta con la zapatilla. La quiere esperar con un abrazo.
Ella sigue sonriendo. También se acerca por un abrazo.
A menos de un metro, a menos de un abrazo, saca una navaja y se la clava en el estómago.
El dolor que provoca el metal desgarrando su piel es demasiado fuerte como para retroceder.
La saca con rapidez. Es aún más doloroso.
Lo observa caer rendido en el pavimento y se inclina para besarle en el cuello y la frente, tal como él hizo, de forma cínica, aquel lunes en la mañana.
Se recuesta a su lado.
La mira. Lo mira.
Inexpresivos como siempre supieron serlo.
