Si, tengo picos. ¿Pero quién no los tiene?
Soy un constante remolino de hormonas, causado por las tantas pepas que me meto al dia, cuyo fin o procedencia ya no recuerdo.
En teoría aquello no sería cierto pues muchas de ellas no afectan directamente a mis tristes hormonas que revolotean por ahi tratando de buscar soluciones instantaneas, sin siquiera conocer la real causa del problema.
Este cuestionamiento inesperado y esporádico, surgió mientras esperaba en la salita de emergencia, en una silla de ruedas, que dijeran mi nombre y que algun buen hombre o mujer me atendiera y me curara del tobillo.
La primera mentira estaba en la fecha del accidente. La segunda mentira estaba en la gravedad de este. Y es que los peruanos somos vivos, siempre queriendo tomar atajos, de cualquier tipo, en cualquier situación.
En ese momento estaba en pico. En esa confusa preocupación rodeada de pánico e histeria que conozco, de cierta forma, bastante bien.
Entonces conté. Segundos, minutos y horas. Acciones que me llevaron a este desenlace mediocre y sumamente cliché.
Al costado estaba un padre y si hija. Él la molestaba, ella cedía. Se enojaba. Él ganaba. Ella empezaba a gritar y molestarse aún más. Él continuaba ganando.
El padre se paró y caminó hacía la recepción. Se tropezo con mi pie. Con el izquiero. Con el bendito tobillo que no deja de dolerme hace semanas. Y lloré claro.
La dramática, la exagerada. Niña indefensa de 22 años que no puede soportar un golpesito de esos.
Quizás el dolor físico no era el causante principal del llanto tímido que provocó el hombre, mientras claro, maldecía un poco a su madre. Error.
Recordé. Que hoy desperté en pleno amanecer. Primer suceso extraño: no tenía sueño. Segundo suceso extraño: no bostecé en todo el día.
Me preocupe en ordenar mi vida. Mi cuarto. Mi casa. Mis malos hábitos y manías. Mis chucherías. Mis secretos. Mis peculiaridades banales que dejo y no dejo ver.
Y ahora, ya en la camilla. Esperando a aquel buen doctor que decida atender mi caprichoso dolor, entré en un estado de paz conocido.
No, no me drogaron. No lo pedí. No me lo dieron. No había necesidad. Tenía que luchar contra ese pico sola.
Era resignación.
No iba a llegar a tiempo a nuestra cita. No iba a comprar lo que necesitaba comprar. Nada iba a pasar de la forma en la que me propuse que pasara.
Y bueno, si bien lo recuerdo, nunca quise que fuera de esa forma.
Me llamaste. Hablamos. Me hiciste reír. Me olvidé del dolor. Y volví a echarme en la camilla. Con el tobillo levantado. Con una sonrisa dibujada en mis labios. Feliz resignación.
El doctor llegó. Sin ganas de comentarle mis males, asentí con desgano a cuestiones que me comentaba.
Receta médica. Más pepas. Ya está.
El dolor continúa. Está ahí como esa piedrita en el zapato. Como ese algo que no podemos decir pero que queremos decir.
Salgo de la clínica. El padre y la hija ya no pelean. Les sonrío y me miran extrañados, logicamente.
Caminando a casa recuerdo que estuve en un pico, que lo dejé pasar y fue así de simple.
Luego recuerdo que prometí llamarte cuando salga y crucé la calle.