Viernes. 11 am. Estoy en camino a una entrevista a la cual no quiero ir. Estaciono de forma mediocre y en medio de un largo y rico bostezo que retrata mi estado de animo y mi situación sentímental, probablemente.
Tengo tiempo. Siempre llego temprano a este tipo de citas. Me gusten o no, es algo que no he podido evitar desde que tengo uso de razón. Entonces la veo desde el auto.
Esta joven de unos 23 años está llorando de forma extraña. Justo delante mío. Justo frente a la persona menos indicada, la más fría, la más cobarde en este tipo de situaciones. Ella mira a una señora mayor de 60 años. Esta señora no la mira de vuelta.
Drama familiar, pienso vagamente. En eso una tristeza inexplicable me abraza fuertemente. Me la ha contagiado. Me undo en la curiosidad de interesarme en esta persona ajena. Me acerco. Me siento a su costado. No tan cerca, no tan lejos.
Estamos en barranco. Un puente. Una banca. Dos personas ajenas inmersas en sus pensamientos. Ella en la tristeza profunda de su drama familiar (a mi parecer), yo en alguna historia para contarle y entablar una conversación.
Estoy por abrir mi boca, por decir cualquier idiotez para romper el hielo. Pero me gana. Casi sin emoción y lógicamente, sin mirarme.
- Gracias por acompañarme, cuando no deberías.
- ¿Perdón?
- A veces me gusta pensar que ciertas personas hacen cosas sin buscar nada a cambio.
Anonadada. No tenía nada que decirle a esta mujer que me había contagiado su tristeza. Quizas por un momento había querido culparla de ese contagio. Pero no la conocía, ni a ella, ni a los problemas que la atormentaban. Me quedo en silencio y espero que diga algo más. Cualquier cosa.
- ¿Tienes tiempo?
-
Tengo media hora, quizás más. ¿Por?
-
Necesito una opinión, una sincera, una de una persona ajena como tú.
<
p style=»text-align:right;»>Continuará