Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Los niños que solíamos ser

Dime todo lo que paso, todo lo que viste. 

Tenían luces en sus ojos.

¿Viste la ventana cerrar?

¿Oíste la puerta golpear?

Ellos siguieron adelante y mi corazón murió.

Por favor dime cómo lucían.

¿Te tenían miedo?

Eran niños que alguna vez conocí.

Podría decirlo, pero no me creerías. 

Dices que sí, pero se que me estarías engañando.

Es difícil saber que están ahí afuera.

Es complicado creer que aún te importa.

Hay corazones muertos en todas partes.

¿Los tocaste, los cuidaste?

¿Te siguieron a la ciudad?

Me hicieron sentir que me caía.

¿Hubo alguno que viste muy de cerca?

¿Te parecieron reales?

Eran niños que alguna vez conocí.

Ahora son solo corazones muertos para nosotros.

Había algo que no estaba funcionando con él. No, quizás no era con él precisamente. Era yo. Siempre ha sido así. Siempre con esas ganas imparables e insoportables de hablarle, de querer verlo.

Entonces lo hice, finalmente. Cogí el teléfono y le mandé un mensaje. No, no lo iba a llamar. Quizás su novia me contestaba. ¿Y ahí que hacía? ¿Colgaba y seguía con mi vida? No, tenía que verlo. Era hoy y punto.

Claro, escribirle también sería complicado si ella era una de esas medio psicópatas que revisan las conversaciones del chico con el que salen. ¿Dónde está la confianza en esta gente? Mandé el mensaje esperando que no fuera así. Algo simple y banal. Algo de amigos. Como siempre ha sido

-¿En qué estás?

-Saliendo del instituto. Tengo que ir al taller después.

-Hay que juntarnos antes.

-Dale. Estaré en el parque cerca del taller. ¿Te ubicas?

-Un poco.

-Me llamas.

-Dale.

Y esa adrenalina recorrió mi cuerpo nuevamente. Era la emoción de verlo después de meses. No se cuantos. Yo estaba ocupada en mi relación. En hacer que funcione, que sobreviva día a día. Solo necesitaba esto. Verlo. Sentir que la piel se me eriza.

Tome un bus hacía el parque que mencionó. El parque era todo menos simbólico. Un lugar que nunca he ido y al que nunca volvería. Solo necesitaba este día. Este momento. Verlo. Y ver si me despido o no. Cerrar este innecesario capítulo en mi vida.

Lo llamé como me indicó y me dijo que estaba con ella en el parque. Me molesté. Había echo todo el esfuerzo en llegar antes de su clase en el taller. Todo. Por primera vez, había sido yo la que lo buscaba. La que daba ese extra. Estuve por irme, pero me dijo que era broma, que estaba sentado en una de las banquitas en el centro del parque, que tenía frío y que quería ir por café.

Entonces llegué. Se paró. Beso en la mejilla. Caminamos. Conversamos. Estaba distinto, y yo sin duda también lo estaba. Las personas pueden cambiar mucho en unos meses. Maduramos. Dejamos de ser esos niños que alguna vez conocíamos.

Aquellos niños que se daban besos a escondidas en bares de Barranco, con todo el grupo de la clase esperando afuera. Niños que se negaban y se admitían. Que no tenían nada claro. Que nunca dieron ese extra. Niños que ya no existen.

Me preguntó por él. Le pregunte por ella. Y dejamos de hablar de eso. Hablamos de nosotros. De lo rico que es bailar. De viajar. De los planes que tenemos. Me reí mucho. Me reí como antes, como siempre, como nunca. Y él me miraba de otra forma, y me recordaba lo linda que soy, y cuánto había cambiado. Para bien. Daba igual.

Se hizo tarde. Yo tenía clases en el universidad, el tenía que entrar al taller. Me acompaño al paradero. Seguíamos riéndonos, mirándonos. Eternamente coquetos, como los niños que fuimos y que a veces, sin motivo alguno, los encontramos en lugares que no esperamos.

Vi mi bus llegar. No me aguanté y lo besé. Me besó de vuelta. No nos soltamos. No duro ni mucho ni poco. No fue ni bueno ni malo. Deje de estar nerviosa. Dejé de reír como antes. Sí, definitivamente había cambiado. Y me gustó saberlo.

Me dijo que le escriba cuando llegué a la U. No lo hice. Mi novio me llamó. Hablamos un poco, de banalidades, lo de siempre. Le dije que lo quería, me dijo que me quería y que se daría un tiempo en la noche para verme. Sonreí. Era otro tipo de sonrisa. Apoye mi cabeza en la ventana. Ya no pensé en el niño con el que me acaba de ver. No pensé en nada.

Necesitaba este día. Nada más. Fue nuestro. Fue un pedacito del pasado que aún no queríamos dejar ir. Y es que con él siempre había sido así. Todo esporádico. Todo sin pensarlo dos o tres veces. Impulsivos como nos encantaba. Equivocándonos y aprendiendo de eso.

No se si lo vuelva a ver. No está en mis planes. Solo necesitábamos cerrar espacios abiertos en estos corazones muertos que deciden volver a la ciudad de vez en cuando.