Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Agustina abrió el tercer cajón de su tocador. Tosió. Siempre tosía al abrir ese cajón empolvado de recuerdos frustrados, de cartas no enviadas, de amores apagados.

Cogio una, la que la miro, la que jalo su vista y le hizo sacar una sonrisa. Conocía perfectamente esa carta, la había leído una y otra vez, siempre haciendo correcciones, siempre arrepintiéndose de mandarla.

Siempre la misma historia, pues nunca la mando y el se mudo, y  la carta siguió corrigiéndose y guardándose, en ese cajón empolvado de su tocador.

No puedo respirar.

Es la culpa

Es la tristeza

Es esa preocupacion constante de un error empedernido.

Lo estamos cocinando, preparando la cama, preparando todo para que salga mal.

No puedo escribir

No puedo pensar

No puedo comer.

Es el deseo de querer que no seas quien eres, que no tengas el pasado que tienes.

La angustia de perderte mientras me pierdo en el eterno proceso de perder, me enerva, me consume, me suprime.

Y aún así, sigo pensando que quizás hay alguien más, por ahí, en alguna parte del mundo. Esperando, esperándonos.

Sigo pensando que debo terminar las mil grullas de papel, que debo irme, que debo volver. Tantas cosas que aún tenemos por hacer, antes de cometer este error.

Pero me encontré sonriendo sola en el auto, mientras la luz seguía roja y el tráfico seguía parado. Volteo y un sujeto me mira con curiosidad, me sonríe, le sonrío.

Y sigo sin poder sacar esa sonrisa

No me incomoda.

No va a durar mucho.

La angustia no se va.

No quiere irse

La indignación de la historia que se forma y se va a seguir formando hasta que me vaya, va a seguir consumiendo la poca alegría que nos queda.

Pero, de qué poca alegría estoy hablando, si lo único que hago desde que te conozco es sonreir.

Sonreir mientras hablo, camino, como.

Sonreir

Con lo lindo que es sonreir con motivo o sin motivo, pero hacerlo.

¿Donde está la culpa en este imaginario contexto lleno de complicaciones aparentemente banales?

En la empatía.

En el ponerme en sus zapatos y sentir lo que siente, sufrir lo que sufre.

Nada es gratuito.

Nada es objetivo.

Sentirnos inutiles, insuficientes ante el otro.

Es toda una profesion

Es lo que solemos hacer, un


a y otra vez. Para seguir equivocándonos mientras nos enamoramos del amor imposible que se avecina.

Y de pronto, me encuentro del otro lado, estando realmente de ningun lado.

¿Cómo estar realmente de algún lado?

¿Como existir en este tornado de emociones, en esta angustia que me empuja a un vacío lleno?

Inexistente

Y es que, una parte de mi quiere dejar de preocuparse todo el día, y sonreír eternamente.

La otra parte, no opina, no necesita hacerlo.

Todo ya esta puesto sobre la mesa, boca arriba y a color.

Es común, de todas formas, que ninguna historia sea fácil, pues entonces, dejaría de existir. Nos aburriríamos de aquella facilidad en encontrarnos.

Pues, lógicamente, vivimos buscando equivocarnos. En cada esquina, en cada paradero, en cada ruta olvidada a casa.

Atajos de medianoche que no llevan a ningún lado.

Entonces nos preguntamos ¿Dónde está lo divertido en las historias normales?

El tiempo, el lugar, nada encaja.

No encajamos

Entonces

¿Nos olvidamos de esto?

¿Acaso, quieres vivir pretendiendo que pudo ser bueno, pero, no realmente?

Angustia de 180 días que asoman nuestro infinito  amancer sin remedio, sin espera.

 

A.A.