-¿Vienes todos los domingos al parque?
-Intento. Aveces uno solo quiere quedarse en cama.
-A veces no sale el sol.
-A veces si sale.
Arturo se quedo mirando mis manos. Sostenía una nikon 3500 con un tele de 300 mm. Su rostro se iluminó.
-Tómame una fotografía
-Tendré que alejarme
-¿Saldrá en el periódico?
-¿Te gustaría?
-Si claro, mi hijos podrían ver el periódico, no sé, tal vez mostrar cierto interés en volver a verme.
Aquel parque había estado siempre cerca de ellos.
Había observado durante años, incontables sucesos repentinos, historias esporádicas que ocupaban un espacio y un tiempo particular.
Él los llevaba allí desde que eran muy pequeños. Uno por uno. Juntos o separados.
Vio en cámara rápida cómo crecían, cómo se distanciaban, hasta que finalmente dejaban de recurrir a ese pequeño lugar de paz.
Desde el mismo tragaluz ovalado y deslucido de su alcoba, que a raíz de la humedad había conseguido descascarar sus bordes y desmantelarlos de su originalidad, él se sumergía y se acoplaba a los hechos inmersos en la cotidianidad regular de sus hijos, cada vez, menos presentes.
Podía conocer a la perfección cada esquina, cada rincón de aquel dichoso parque. Cercado por pequeños arbustos con espinas y coloreados de dahlias que los cubrían al ras, irradiaba una sensación de paz. Él seguiría mirando, seguiría contemplando a sus hijos, sus semblantes tan imperfectos, sus vidas apartadas que ya tan poco conocía.
El parque le hizo creer que mientras existiera, la vida seguiría siendo la misma.
No pasó, nunca existió la posibilidad de que aquello pasara.
Para el momento que él decidió bajar de su alcoba e intentar recoger los años que pasaron por sus ojos. El balance perfecto entre realidad y fantasía de la existencia del dichoso parque, habría sido opacado por la sobriedad que el vecindario fue adquiriendo. Fúnebres árboles se levantaban y junto a estos, las dahlias perdían su vivacidad. Los caminos resquebrajados conducían a un monumento dejado al olvido, a la triste compañía de los búhos que ululaban por las noches y el paso inexitente de esos hijos que nunca más volvieron.
Le tomé la foto.
Continuamos hablando un tiempo más hasta que tuvo que decirme que lo estaban esperando para comer.
No pregunte más. No podía.
Tenía ese dolor extraño en el corazón. Angustia. Miedo. Arrepentimiento.
Entonces recordé que yo también tuve un parque, tuve hijos, tuve esa vida que se paso por mis ojos sin avisarme, mientras yo trabajaba o andaba ocupada, cansada.
Que desperdicio de tiempo.
Y tiempo, es lo que menos tenemos.
