Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Se va, me quedo

– ¿Tienes hermanos?

– Uno

– ¿Lo vez a menudo?

– Han pasado 15 años desde la última vez que lo vi.

El humo del cigarro ingresa. Tibio. Suave. Empieza a quemar mis pulmones y los observo. Desde cerca, muy cerca. En mi mente. En realidad, es la única alternativa que tengo. Es eso o pensar en él, eso, o pensar en nosotros; eso, o pensar en lo que estaba por suceder.

Me recuesto en mi hermano, y me abraza fuertemente mientras él también aspira un poco más de tabaco y un poco menos de vida. Una gran sonrisa invade su rostro y siento su felicidad como la mia. Quiero compartir con él estas últimas horas, pero a la tristeza no se la bota tan fácil por la puerta. Es toda una ceremonia, un proceso lento e inseguro. Sin ninguna garantía, sin ningún atajo por tomar.

Se levanta y empieza a caminar en círculos. Buscando, sin éxito alguno, las palabras adecuadas para cerrar este capítulo en nuestras vidas. Nunca hay palabras adecuadas, quizàs nunca deben serlo. Encontrarlas y decirlas las volvería, inevitablemente, inadecuadas. Patético razonamiento.

Hace algunas horas había recibido aquella inesperada llamada.

  • En el parque. 20 minutos

  • Suenas diferente

La llamada se corto. Lo más probable es que haya sido él, mientras sonreía y alzaba la mano para parar un taxi. Yo andaba a unas cuadras cerca a casa. Me estacioné para buscar una ruta hacía el parque. Prendí un cigarro. Subí el volumen a la radio. Y seguí la ruta marcada.

Ahora pienso en las probabilidades de una historia diferente. Pude haber no contestado, por distintas causas. Mi celular estaba en la maletera, estaba apagado por falta de batería, falta de señal, falta de ánimos de responder ese tipo de llamadas. En fin, si es que esa era la situación, acaso, ¿él decidiría quedarse?¿Solo porque su hermana no le respondió? ¿No podría haber vivido tranquilo sabiendo que no se despidió de la única persona que cuidó de él desinteresadamente? No, lógicamente esa no sería una razón para perder el vuelo, y más que el vuelo en sí, perder la oportunidad de cambiar su vida, mejorarla, embellecerla.

  • ¿Sabes que puedes ir a visitarme no?
  • ¿Con qué dinero?

  • Yo te puedo prestar un poco. No sé. Las cosas pueden mejorar.

  • O pueden quedarse exactamente como están.

  • No decretes

  • No te vayas

Botó el cigarro y me abrazó con ternura, con dolor y culpa. Y eso, es lo último que recuerdo de él. Lo demás fueron solo pasos para llegar al tan desastroso desenlace. A su partida. A mi pausada muerte. Donde las rejas se interponen en mi camino, en mi espacio personal. Me empequeñecen, y yo sigo sin saber ni de él, ni de los abrazos que andará dando, o los cigarros que fuma en despedidas como la que tuvimos.

– ¿Recuerdas su rostro?

– Somos mellizos. Es un poco difícil intentar no hacerlo.