– ¿Qué vendes?
Galletas de avena
– ¿Porqué las vendes?
Todo el dinero ganado va para el colegio, para los niños, su educación
– No, ¿Realmente porqué las vendes?
(…)
Las primeras luces del sol se situaban tímidas sobre los tejados de las antiguas casonas y los polvorientos balcones de los edificios de su barrio. Rocío caminaba distraída hacía la pensión. Ojeras debajo de esos ojos café oscuros, la camisa medio abierta, medio sucia, medio como ella. Se detuvo a observar el reflejo del sol sobre los gigantes árboles que ensombrecían su preciado parque y cómo las dalias aprovechaban aquel único momento del día para nutrirse del silencio del lugar. Aquel que después salia corriendo con la llegada de carros, niños, nanas, viejitas, perros y uno . Su mirada se posó en el grupo disipado a lo lejos. Vaciló por un segundo en acercarse y cuando se disponía a dar vuelta atrás, un gracioso silbido y unas señas con las manos no pudieron evitar cambiar su decisión.
Durante esos años, ella había estado fantaseando con escenarios tétricos que exhibían su muerte de manera trágica e insólita. Divagaba por su vida sin prestarle la menor atención y se convirtió susceptible a manipulaciones. El dinero que mandaba su padre había convertido a Rocío en una joven holgazana y prospecto de alcohólica.
Se fue acercando con lentitud, fue dejando que las miradas de los muchachos entre sus veinte y veinticinco años la priven de espontaneidad y que un par de jovencillas de su misma edad la miren de pies a cabeza como es de costumbre entre mujeres. Ellas se encontraban desparramadas entre los chicos. No sobresalían, no antojaban curiosidad.
Se inserta en ese espacio disperso y con fuerte olor a pasto quemándose. No, no era pasto y no, no se estaba «quemando» de forma negativa. Un gesto de desagrado la delata y antes que se diera cuenta y pudiera hacer algo para remediarlo, una carcajada creciente y grupal irrumpe con el desordenado orden y secuencia de las acciones de los presentes.
La pipa llega a sus manos. Tibia. Frágil. Indudablemente, había presión. Pero ella no se inmuta. No sabe que hacer pero no quiere pedir instrucciones. Se averguenza. Se siente tan débil y sola. Y en ese instante, puede verse en ellos, débiles y solos. Sin hogar, pero con historias. Sin familia, pero con afecto. El de turno. El de una de las muchas madrugadas que estarán en un parque, con ella o sin ella.
(…)
Llega un punto en tu vida en el que te preguntas ¿Qué he hecho realmente relevante hasta ahora?
En eso tienes 20, 25, 30 y tienes que parar. Poner los pies en la tierra sin necesidad de «perder» ese olor a libertad que tanto te satisfacía.
Quizás arruiné muchas cosas. Quizás esta es la forma de compensarlas. Pedirme perdón.
– Dame 10 galletas, porfavor
