Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Nos teníamos ganas, dejamos de tenerlas

Nos teníamos ganas, indudablemente.

Nos teníamos ganas, y optamos por hacer algo al respecto. Como niños, como adultos.

Pensando con claridad que para ciertas cosas no se debe pensar mucho.

(…) Habíamos organizado ese viaje hace algunas semanas. Ahora, nos encontrábamos esperando nuestras maletas en la zona de recojo. El aire estaba caliente. Todas con la chompa/casaca/blusa amarrada a la cintura. Los rostros húmedos, manos pegajosas, espaldas mojándose.

Él nos estaba esperando en la puerta del aeropuerto. El, que había tenido una historia interminable con una de nosotras. Él, que se había mudado hace ya varios años, pero que siempre intentó mantener el contacto. Conmigo. Con ella.

Me dio un beso en la frente, tomo mi maleta. Nos abrazamos. Ella nos miraba con timidez y el ceño fruncido. Volteó la mirada, la vi de reojo, y se apresuró en sentarse en el asiento de adelante, entre risas y bromas.

¿Qué estábamos haciendo? ¿Qué habíamos estado haciendo todo este tiempo, estos años, estas horas camino a la casa de playa?

Sus amigos nos acompañaron. No recuerdo sus nombres, sinceramente, nunca tuve la intención de hacerlo. Solo lo miraba, mientras ella me miraba, lo miraba, nos miraba. Se acercaba a él, le tomaba el brazo. Yo tomaba vino, conversaba, reía, buscaba la forma de salir a tomar aire. Me estaba asfixiando con ella, con él, con la forma en la que le tocaba el brazo mientras el me miraba con ojos tristes y una chispa muriendo en ellos.

Las olas, la luna sobre ellas. Sobre las rocas, sobre la arena. Siento unos brazos pasar sobre mis hombros. Su cabeza se apoya en uno de ellos, y yo me apoyo en ella. Me besa la mejilla, me besa el cuello Me abraza como siempre me abrazó, como siempre la abrazó.

Y duele saber que después de tantos años, algunas historias no cambian. Tienen que mantenerse igual, pues es lo único que las mantiene vivas. Quieres cambiar eso, quieres ser la primera opción, pero no quieres perder la costumbre de regresar a esas miradas, a esos abrazos y besos. La costumbre. La comodidad. El miedo de dejar ir ciertos males necesarios.

Ella esta en la puerta. La miro de reojo y me mira. No interviene. Él sabe lo que está pasando. No se inmuta. Se va y yo me voy con él a la orilla. Ambos siendo pecadores triunfadores de una de las muchas batallas que han existido en este campo de arena. La guerra no se escucha, no se anuncia, no es necesario, jamás podrá ser ganada. Es solo un capricho de media noche. (…)

¿Y qué pasó después de eso?

Perdí la guerra no anunciada.