Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Alimento Insípido

Entonces empezaste a tomar un pastilla.

Luego fueron dos. Tres.

En algún punto del hábito que ibas creando, empezaste a dejar de contarlas. A dejar de verlas mientras te las metías a la boca, grandes, pequeñas.

Casi susurrando tu cuerpo empezó a gritar por ellas, a hacerte creer que las necesitabas para estar bien, para sentirte «saludable», con todas las letras en desorden.

– (…) Siempre me gustó ese sonido – lo mira con los ojos bien abiertos – aquel que rompe el papelillo y deja salir la pastilla. Las pongo en un estuche que cuenta de domingo a lunes, sigue un orden, un desorden. Las pones en los pequeños compartimientos. Dos, tres, siete. Depende del tamaño y la forma. En realidad, meto las que entre. – ríe bajito – y ya tengo tres de esos estuches. (…)

Una antes de desayunar. Bueno dos. Ambas son blancas y tienen una raya en medio. Pero una dice 75 g y la otra no dice nada, solo es más gruesa, pero casi nada.

Las tomas juntas o por separado. Depende del día, de tu ánimo, de si las tienes o no; o dónde las tienes; o cuántas te quedan. Hay que racionar las porciones.

Racionalizar la mente ocupada.

Tomas una más. Esta es mas gruesa. La tomas con jugo, con leche, con café. Siempre tiene que haber café, es necesario.

Desayunas. Pudo estar más rico.

Y toca otra pastilla. Esta es amarga y redonda. Te deja un sabor extraño en la lengua y tomas nuevamente café.

Pasa el día. Todo bien.

Vas tranquila. Vas contenta.

Almuerzas. Tenías mucha hambre.

Te olvidaste de tomar la pastilla gruesa. Siempre lo haces. Buscas desesperada tu estuche de pastillas. Lo encuentras y decides hacer una pequeña excepción.

– Solo por hoy día – te dices mientras sabes que te estas mintiendo.

Entonces tomas la redonda amarga, y con ella, entra a tu boca la gruesa, la que olvidaste otra vez.

No hay problema, son pastillas. Entran y hacen su trabajo. El orden de los factores no altera el producto.

Pero así no funciona con las pastillas. No importa, piensas que será la última vez, pero sobretodo piensas que vas a dejarlas pronto, que es un proceso de adaptación no adictivo, que todo esta en perfecto control.

Pero control es lo último que tienes en estos casos.

Cenas. Cualquier cosa que encuentres al llegar a casa.

Ya tomaste la pastilla gruesa. Todo en orden. Se acabaron por el día. ¿O no?.

Te acuestas.

Te encanta tu cama. Llegar, desvestirte y tirarte en la cama como caigas. Te encanta porque te conoce y se amolda a tu cuerpo cansado y viejo, disfrazado de joven.

Te falta una pastilla: la marrón mediana. Esa no la puedes dejar, ni la quieres dejar.

Y con todo el cansancio en tu ser te levantas y la tomas.

Ahora si. A dormir. Quizás mañana no te olvides de tomar la pastilla del almuerzo. O quizás no tomes ninguna. ¿Que pasaría? Nada.

¿En qué momento te volviste dependiente de esas ridículas cápsulas insípidas? ¿Eras consciente de como fuiste acostumbrando tu cuerpo a tan desagradable hábito? ¿Crees que es momento de cambiar?