– ¿Como fue tu adolescencia?
– Fugaz
– ¿Qué es lo que más extrañas?
– La libertad, la dejadez, la inseguridad segura
– ¿A qué te refieres?
(…) Bajo un ambiente borrascoso ella se sumergia casi invisiblemente. Mientras parte de su entorno social se insertaba en aquella ruta insípida que se prende de algún punto débil de la persona. Mila, sumergida en sus propias expectativas, se dejaba engatusar por el exquisito sabor del alcohol y el tabaco.
El viento ya empezaba a dejar su dulce roce de verano, el sol empezaba a ocultarse más temprano y se podía distinguir con claridad que previo al invierno, toda la ciudad se movía y cambiaba en una sincronía particular que llamaba la atención de cualquier intruso poco informado, que llegaba repentinamente a estropear ese mecanismo tan seguro que se había creado tiempo atrás.
Su infancia se lleno de momentos banales rodeados de recuerdos vagos y violentos. Sus constantes manías la apartaban de cualquier sentimiento de pertenencia que podía despertar en ella. Cada vez se desplomaba vertiginosamente más y más en el constante cuestionamiento de su existencia y la de los demás.
Captada por unos ojos curiosos, una mirada peculiar la envuelve en una nube inexistente de amor y comprensión. Quizás la amaba, quizás solo era ese deseo incontrolable de querer amar. Un descuido lo rompe todo, lo destruye, lo hace desaparecer. Se obsesionó. La lastimó. Ella formó un sello invulnerable ante la posibilidad de sentir algo por otro, por ella misma. Con ello, un trágico descenlace cerraba aquella etapa en su vida, aquella que recordamos con risas y cervezas.
Fragil ante la sensación de soledad que no podía trocar, y ensimismada en el pasado que no podía recopilar, Mila le da una larga pitada a la pipa de mármol tallado que se encontraba frente a ella. Un cosquilleo recorre su cuerpo. Entonces, se desliza desprevenida ante aquel grupo de persona que toma su fisurada personalidad como perfecta y a la vez, como objeto de molde a un propio gusto dominante.
Decisiones. Culpa. Descenlaces que cambian, afectan. Verdades tomarían formas y rostros. La llevarían a donde la conocí. Una ruta que pudo no haber tomado, pero lo hizo. Vivir con las consecuencias de tus actos puede no ser lo peor que te haya pasado. (…)
– Eramos niños aún, inevitablemente inmaduros y despreocupados. Nos creíamos rebeldes y viviendo al límite. Pero en las madrugadas, muchos volvíamos a nuestras casas, al calor de una familia. Nos volvíamos a sentir seguros, quieramos o no.
– ¿Un cigarro?
